4.4.17

Estar en el mundo para comer arroz (V): un día entre dos eternidades


Nada es permanente debajo del sol. En esta palabra fatal se encierra la segunda razón de que la felicidad, y por consiguiente, la vida, no pueden encontrarse sobre la tierra. La ley de inestabilidad y de muerte que pesa sobre todas las cosas del tiempo, forma la pesadilla inexorable de que no podrán jamás verse libres los amantes de las bagatelas mundanas, por muy fascinados que estén.

Refiere la historia que Caracalla, hijo del emperador Septimio Severo, dio de puñaladas a su hermano Geta en el regazo de su madre. Desde aquel momento, el asesino creía oír una voz que por todas partes le perseguía repitiendo sin cesar: "Bébete la sangre de tu hermano"; o más bien, como dice con más energía el texto: "Bébete a tu hermano: Bibe fratrem".




Por muy fascinados que estén, los mártires del gran error no pueden librarse de oír la voz que les grita: "Nada hay estable debajo del sol". Esta voz despiadada les sigue por doquiera, en la ciudad y en el campo, en el ruido y en la soledad, en el trabajo y en el descanso; voz que burla las puertas de sus palacios, y penetra en sus saraos, y resuena cual fúnebre toque de agonía en medio de sus ensueños de felicidad.

Más todavía. Estas palabras: Nada hay estable ni perdurable debajo del sol, las llevan escritas en toda su persona; no pueden mirarse sin verlas. Esa cabeza que va perdiendo su corona; esos cabellos que se blanquean; esas arrugas que surcan la frente; esos ojos que se debilitan; esos dientes que se caen; esas piernas que vacilan; esas espaldas que se encorvan; todo ese cuerpo que se arquea y parece inclinarse hacia la tumba, son otras tantas voces que dicen: "Nada hay estable debajo del sol". Ellos podrán no escucharlas; pero, lo repito, no pueden menos de oírlas.


Su fascinación me da lástima y me inspira este voto fraternal: ¡Plegue a Dios que llegue para ellos una de esas horas benditas, en que el hombre, aburrido y fatigado del mundo y de los negocios, se ve como forzado a darse audiencia a sí mismo! ¡Plegue a Dios que en esa calma momentánea se dirijan a sí mismos juiciosamente las preguntas hechas un día por uno de nuestros más amables Santos, San Felipe Neri, a un joven, víctima, como tantos otros, del gran error!

Habiendo ido el joven a ver al ilustre confesor de Roma, éste fija en el adolescente una mirada paternal, y tomándole las manos con las suyas, le dice:
- Francisco, ¿en qué te ocupas al presente?
- Sigo los estudios.
- Serás un alumno brillante, cubierto de coronas y cargado de premios. ¿Y después?
- Cuando haya concluido las humanidades, estudiaré derecho civil y canónico.
- Sacarás tus grados con aplauso de tus jueces y serás doctor en honores. ¿Y después?
- Entraré en la magistratura.
- Muy bien; serás un jurisconsulto célebre. ¿Y después?
- Me casaré.
- Que tengas bella y numerosa familia. ¿Y después?
- Continuaré ejerciendo mi profesión para dar una posición honrosa a mis hijos.
- Y te sonreirá la fortuna: serán ricos. ¿Y después?
- Compondré obras útiles a los que sigan mi carrera.
- Tus libros obtendrán un éxito brillante; serás el oráculo de tus compañeros. ¿Y después?
- Gozaré tranquilamente de los bienes que habré juntado y de las consideraciones que habré conquistado.
- Perfectamente: vivirás en la abundancia; tu nombre será honrado. ¿Y después?
- Ya por entonces me habré vuelto viejo, y como todos los demás mortales pagaré mi tributo: me moriré.
- ¿Y después?
- ¿Después?... ¿Después?...
- Sí, DESPUÉS, querido Francisco, después no hay más remedio que ser juzgado, y en el juicio ser absuelto o ser condenado, sin apelación y por toda la eternidad. Yo no censuro nada de lo que piensas hacer. Sólo te digo, que si te dejas absorber por el trabajo de la vida presente, sin enlazarlo por la fe con las realidades de la vida futura, caes en la más peligrosa y cruel de todas las locuras. Te habrás consumido en perseguir un fantasma, que nunca alcanzarás, y a la hora de la partida te encontrarás con las manos vacías, vacías de buenas obras, que son las semillas de la vida inmortal, y acaso llenas de iniquidades, que son germen de la muerte sin resurrección.


Francisco guardó silencio, abrazó al sacerdote y se fue. Pero el golpe estaba dado. El "después" del padre se le quedaba en el alma, como una gota de resina que cae en el cabello: no se lo podía quitar. Ya fatigado, se pone a meditar sobre aquel importuno después. Pronto, con ayuda de Dios, se desvanecen sus ilusiones, comprende que esta vida no es la vida y se decide a granjearse la vida verdadera.

Nada hay estable debajo del sol. Juventud, salud, belleza, placeres, honores, existencia, todo pasa. Éste es el gusano roedor de todos los fascinados: gusano que no muere. En vano ellos procuran aturdirse, y en medio de sus goces se dicen, corno el rico del Evangelio: "Tengo almacenados muchos bienes para muchísimos años. Descansa, almas mía; come y bebe, y ten banquetes". Como aquél, ellos también, quieran o no quieran, oyen estas palabras: "Necio, esta noche te pedirán tu alma; y todo lo que has ahorrado, ¿para quién será?"'.


Así, pues, poseer un tesoro en que ha consumido uno todo su ser, prometerse gozar de él, y saber que le ha de ser quitado infaliblemente, en el momento en que menos se piense, pronto, para siempre y sin compensación, ¿es eso vivir? Con esto podemos apreciar el crédito que se merecen todos esos cuando se les oye decir eso de: "Yo soy feliz".

Y es que en este mundo todo vegeta; nadie vive. Con razón uno de los más altos ingenios, San Agustín, llama a la vida temporal una vida moribunda, o más bien, una muerte viviente. Una lenta muerte en vida. Semejante estado de cosas excluye la idea de la vida propiamente dicha; pues si vivir es gozar, gozar es no padecer.


Como hemos visto en anteriores reflexiones, ¿qué hemos encontrado? El sufrimiento en todas sus formas, el sufrimiento en todas partes, el sufrimiento siempre; por eso es estrictamente exacta esta definición: nacer, sufrir, morir, eso es el hombre. Si en cada una de las partes que le componen padece tanto el hombre, considerado en su conjunto, ¿podrá decirse que goza? Responder afirmativamente será contradecirse en los términos.

Añadamos que todo lo que nos rodea contribuye a hacernos padecer. Por más bella y olorosa que sea, no hay rosa sin espinas. Mirándolo bien, se encuentra que en todas las criaturas hay cierto instinto de hostilidad contra el hombre, y como una comisión de la justicia vindicativa.


No hablo de los leones, tigres, panteras, leopardos, osos, lobos, cocodrilos, serpientes y tantos otros animales pequeños o grandes, insectos o vertebrados, que son enemigos implacables del hombre, y cuya presencia es una amenaza permanente a su tranquilidad, y aún a su existencia.

Fija tu atención aun en las criaturas más inofensivas y necesarias. El cielo que nos alumbra se hace para el hombre sucesivamente bronce, fuego o hielo, y le causa sufrimientos indecibles. Junto a los mejores alimentos y a los frutos más exquisitos, la tierra produce espinas crueles y venenos mortales.


El aire que nos alimenta forma tormentas devastadoras, cuya violencia arranca de raíz bosques enteros, arruina las casas, y en pocos minutos deja asoladas extensas comarcas. Otras veces, mensajero de desdichas, trae miasmas pestíferos, que matan a los hombres por millares, y también nubes de insectos, que talan los campos, las viñas y los prados.

El fuego, elemento necesario para la vida, se vuelve repentinamente contra el hombre, y le consume las casas, las mieses, los muebles, las riquezas todas, y le arroja, como a Job, desde la cumbre de la opulencia, en el abismo de la miseria. El agua, madre del mundo, se alborota, echa espuma, hierve, rompe sus diques, y lleva lejos el terror y la desolación. Y todo eso, con toda la tecnología de que se dispone hoy, sigue siendo implacablemente incontrolable.


El caballo, el buey y los animales domésticos, que tan dóciles son habitualmente, se rebelan a veces contra el hombre, se encabritan, se enfurecen y le tiran al precipicio. El gato, tan mimoso y tan mimado, el perro, tan leal, enferman de rabia, y hacen cuanto pueden por inocular a sus amos el virus que los mata.

Lo mismo sucede con otras muchas criaturas. Si, pues, la vida supone el goce, y éste la paz, salta a la vista que esta vida no es la vida, sino la guerra, guerra continua, en la cual el hombre recibe cada día nuevas heridas, y es vencido muchas más veces que vencedor. Por lo demás, he aquí en tres palabras el retrato exacto del hombre en este mundo: al principio de su existencia, una cuna; al medio, una cruz; al fin, una sepultura.


Una cuna. Oigamos cómo describe la suya el más grande de los reyes: "No os desvanezca la magnificencia en que me vísteis. Yo también soy un mortal como los demás, de la raza de aquel primer hombre de tierra, y en el seno de mi madre me formé de sangre espesa durante nueve meses. Una vez nacido, respiré el aire común a todos, y caí en la misma tierra, e igual que los otros, mi primera voz fue llorar. En pañales fui criado, y con grandes cuidados, porque ningún rey nace de otra manera" (Sabiduría VII).

Hasta aquí, ¿dónde se encuentra la condición esencial de la vida, el goce? Pero consideremos más de cerca a este pequeño ser, que acaba de caer en la tierra cual fruta desprendida del árbol. Ese pequeño ser eres tú y soy yo hace veinticinco o sesenta años; es el que lee estas líneas, son todos los hombres y todas las mujeres que se mueven sobre la superficie del planeta.


Tiene ojos y no ve; orejas y no oye; boca y no habla; manos y no puede servirse de ellas; pies, y ni se puede tener, ni arrastrarse, ni andar. No sabe más que una cosa, y nadie se la ha enseñado: es llorar.

Todos los demás seres, al nacer, se encuentran vestidos: los unos tienen vello y plumas, los otros escamas, éstos pelo y cerdas, aquéllos pieles; todos salen protegidos por su vestido natural contra el calor y el frío. Sólo el hombre nace desnudo, expuesto a todos los sufrimientos. Por esto es el único entre todos los animales que gime al nacer. Hasta aquí, repito, ¿dónde se encuentra el goce?

Así comienza la vida; veamos cómo continúa.


Una cruz. Y cruz intensa. Plantada en medio del camino, toca con un brazo a la cuna y con el otro a la tumba. Cruz pesada. Sin la ayuda de un brazo todopoderoso, magulla las espaldas más robustas. No está cepillada ni redondeada; tiene agudas esquinas y está toda erizada de nudos y garranchos. Cruz inherente al hombre. Por más que haga, no se la puede quitar de encima.

Con semejante carga a cuestas, el hijo de Adán recorre el intervalo que separa el principio y el fin de su peregrinación, con los ojos frecuentemente arrasados en lágrimas, lleno el corazón de inconsolables tristezas, con sus miembros a veces contrahechos, estropeados, doloridos, arrastrando consigo la larga cadena de sus esperanzas fallidas.


He ahí el hombre tal cual es en lo exterior. Tal le vemos en el trono, en el seno de la opulencia y las grandezas; tal lo mismo en los lugares de placer que en los hospitales; tal en las ciudades, tal en los campos; tal, finalmente, en toda la extensión de la tierra. Lo repito: ¿dónde está el goce?

¿Y qué es de su interior? Todo lo más humillante que se conoce. No hablemos ni de las miserias de su espíritu, ni de las miserias de su corazón; ocupémonos solamente de su cuerpo. Lo que fue en el seno de la madre, lo que fue al nacer, eso continúa siendo el cuerpo en lo esencial, ni más ni menos. Indudablemente la sangre de que fue formado se ha convertido en músculos, nervios, fibras, tendones, vísceras, carne y huesos; pero su naturaleza no ha cambiado, ni tampoco su destino. Salido de un elemento inmundo, inmundo es; salido de un elemento corrompido, está destinado a la corrupción.


Si, pues, alguien pregunta qué es ese hombre a quien llaman príncipe, rey o emperador, que se adelanta montado en su caballo, magníficamente vestido, con el cetro en la mano y la corona en la cabeza, rodeado de su guardia de brillante uniforme, y delante del cual todo el mundo se inclina o calla, San Bernardo le responde: "Es un saco de estiércol, pasto de gusanos".

¿Y todos esos hombres cubiertos de brocado, cargados de condecoraciones, que marchan con la cabeza erguida, y que con todo su continente parece que van diciendo: "admiradme, envidiadme, respetadme"? San Bernardo te responde: "Son un saco de estiércol, pasto de gusanos".


¿Y todos esos matachines y mequetrefes de la literatura obscena o impía, que desafiando a Dios y a los hombres se creen los regentes del universo? San Bernardo te responde: "Son un saco de estiércol, pasto de gusanos".

¿Y esas mujeres, jóvenes o viejas, altivas, irascibles, idólatras de su persona, que a juzgar por lo rico, lo estrafalario y frecuentemente lo indecente de su porte, se las podría tomar por un muestrario de chucherías, o por figurines ambulantes de cualquier saltimbanqui extranjero, o por un escaparate de baratijas? San Bernardo te responde: "Son un saco de estiércol, pasto de gusanos"


He ahí al hombre tal cual es interiormente. Él no puede ignorarlo, porque cada día viene a recordarle su humillante condición. Siendo esto así, ¿dónde está el goce de esta vida? En resumen: que si la alegría es hija del goce, no hay alegrías en esta vida, o son alegrías con sufrimiento; mas éstas, ¿son verdaderas alegrías?

Una tumba. Vivir es gozar. Condición esencial del goce, la duración. ¿Qué viene a ser una alegría que no dura? Una satisfacción momentánea que se envenena ella misma. Se envenena por la certidumbre de su corta duración, por el disgusto y el vacío que deja en el alma. Tales son, sin excepción posible, los goces de acá; por muy largos que los quieran suponer, nunca podrán durar más que la vida. Y la vida ¿cuánto es? Cien años a lo sumo. ¿Y qué son cien años? Forma juicio por los años que tú mismo has vivido. ¿Cómo se han pasado? ¿Qué te queda de ellos? Pues date cuenta que así pasarán los demás.


Son, pues, exactas, admirablemente exactas, las definiciones que nuestros Libros Santos dan a la vida. Si les preguntamos qué es, nos responderán: ¿Ves la sombra de esa nube que pasa empujada por el viento? Eso es la vida.

¿Ves ese ligero vapor que se levanta en el horizonte y al punto se disipa? Eso es la vida.

¿Ves esa agua que corre y no se detiene? Eso es la vida.

¿Ves ese pájaro que cruza el aire? Aparece y desaparece, sin que se pueda encontrar rastro del camino que ha seguido. Eso es la vida.


¿Ves ese navío que hiende las olas y no deja detrás de sí ningún vestigio de la estela que formaba? Eso es la vida.

¿Ves esa flor que nace por la mañana y por la tarde se marchita? Eso es la vida.

¿Qué más diré? ¿Ves ese tren de ferrocarril que corre a toda máquina? Eso es la vida.

En una palabra. La vida es un día entre dos eternidades.

¿Alguien quiere más claridad, más explicaciones todavía? Esta vida, tan corta de por sí, jamás permanece entera. Cada día, cada hora, cada minuto perdemos algo de la vida. Cuando nosotros crecemos, ella mengua. Perdemos sucesivamente la infancia, la adolescencia, la juventud. Todo el tiempo que ha pasado hasta ayer, hasta mañana, muerto es. Aún de la hora presente toma la muerte una parte; y en este mismo instante, mientras digo que todo muere, me estoy muriendo yo mismo.


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1 comentario :

  1. Muy cierto lo que dices Bianamaran, nada es permanente en este mundo, solo la verdad de CRISTO, La presión de la gravedad nos acaba aplastando a todos, por eso es tan importante la conversión de los no creyentes, los últimos momento antes de la muerte son decisivos para todo el mundo, muchos creyentes cerraron para ellos las puertas del cielo por miedo a las persecuciones, renegando del SEÑOR en los últimos minutos de vida, mientras que otros aceptaron al SEÑOR en el final de sus días y se salvaron, un claro ejemplo lo tenemos en los 2 ladrones que estaban junto a Jesucristo en la Cruz.

    La misericordia de Jesucristo no conoce límites, ningún hombre le llegará jamás a la suela de las sandalias.

    Jesús y los dos ladrones (Tan solo 1 minuto para la salvación): https://www.youtube.com/watch?v=hwQKlHkMOQ4

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