13.2.16

Un libro, una vida


Los monjes dedicados a la caligrafía en los antiguos monasterios medievales se pasaban toda su vida haciendo copias de manuscritos. Es gracias a ellos que perviven tratados y códices de incalculable valor y que, aunque muchos de los originales se hayan perdido, podamos acceder a ellos por sus copias.

La medida del tiempo (con relojes de una sola aguja: sólo contaban las horas) era muy diferente a la época actual. Un monje podía pasarse años en el duro y lento trabajo de realizar un manuscrito, preparando los pergaminos, los tintes, y realizando luego la caligrafía.




Esto último contrasta enormemente con los tiempos y la vorágine de hoy. Cada letra dibujada, ampliamente adornada fijándose en el trazo, dimensiones y estilo, era en sí misma una obra de arte. Quizá de todo ello herede un poco (sólo un poco, muy poco) la pluma estilográfica, pero es muy irónico que ahora muchos defiendan ese útil de escritura por su velocidad, comodidad y rapidez, cuando precisamente esos principios eran antagónicos a la propia creación y estilo de la pluma. Porque lo mismo que en la ceremonia japonesa del té, la escritura con pluma llevaba todo un proceso que era incompatible con la velocidad, con el "aquí y ahora", con el lema de la sociedad occidental del "aquí te pillo y aquí te mato". Ni mucho menos. Había que ir rellenando la pluma de tinta, volcarla, afinar el plumín, limpiarlo cuidadosamente eliminando restos de tinta pasada y polvillo pegado... En suma, todo un proceso meticuloso, laborioso y cuidadoso que había que seguir para mantener a ese instrumento en óptimas condiciones, bastante parecido al cuidado que un relojero depositaba en el desarme, ajuste, aceitado y rearme de un reloj mecánico.

Pero dejando de lado los útiles, es bien cierto que hasta la misma escritura ha perdido buena parte de su belleza, de su encanto. Cuando la caligrafía ya no se tiene en cuenta porque se puede recurrir a una tipografía hecha por ordenador que mantiene el estilo, disposición y tamaño de manera uniforme en todas sus letras, permitiéndonos escribir a una velocidad bestial o con el estilo que nos apetezca sin necesidad de aprender con ningún tutor o maestro, sin ir a clases y sin molestia alguna, entonces lo valioso de la caligrafía pierde completamente importancia. Al menos para la mayoría, que poco a poco lleva a que ese desinterés se traduzca en desconocimiento y ese desconocimiento en olvido.


Curiosamente las máquinas de escribir mecánicas no originaron esa pérdida del valor de la escritura, aunque incuestionablemente algo tuvieron que ver con ello. Fue, por decirlo de alguna manera, el principio del fin.

Aunque las máquinas de escribir mantenían todas ellas la misma caligrafía, estilo de fuente y carácter, ante lo cual no era posible variar en modo alguno las letras, ni adornarlas ni decorarlas, sí fueron ellas quienes empezaron a inculcar la cuestión de "la velocidad", era típico, habitual y cotidiano que empezaran a surgir academias de mecanografía. En muchos colegios comenzaron a implantar clases extraescolares para "aprender a escribir a máquina". Así, pronto comenzó a ser valioso introducir en nuestro currículum información sobre nuestros conocimientos en mecanografía y las veloces PPM ("palabras por minuto") que conseguíamos alcanzar.


Eso no traería más que beneficios -nos aseguraban-, de esta forma la hora de trabajo del obrero sería más productiva, las empresas podrían lograr hacer el mismo trabajo con menos personal administrativo -lo que se traduce en más dinero para el empresario con menor inversión-, y se ganaría también en fiabilidad y exactitud en la documentación oficial. Eso tuvo su máxima expresión con la informática, llevándolo a niveles tan insospechados como que ahora muchas de esas tareas las puedan hacer ordenadores sin intervención humana alguna.

Pero aún así, y volviendo a las máquinas de escribir mecánicas, éstas aún carecían de un importante aspecto: el artístico. Algo que cambiaría con el ordenador y la disponibilidad de fuentes de todo tipo.


De esta forma, lo que hacía centurias atrás era tarea en la que se dedicaba y empleaba toda una vida, una sucesión de estaciones, de lento trasiego de labradores, de cosechas y recolecciones, de salidas y puestas de sol tras el minúsculo ventanal de la estancia del monje en el monasterio, pasó a ser cuestión de semanas. Y se ha perdido, con ello, el aprecio por la escritura. Hoy se editan millones de libros al año, pero no puede decirse que eso nos haya hecho más felices. Las historias se disfrutan menos, se pasan de páginas, se leen blogs y revistas sin pausa, sin profundizar, sin saborear el contenido. Miles de escritores escriben -escribimos- peleando por un pedazo de papel y espacio, como una orden mendicante. Cuando lanzas tu obra en forma de letras al mundo apenas ha empezado a brotar y caduca, desaparece.

No hay sensación de sensibilidad, no se saborea porque pareciera que todo el mundo puede aporrear un teclado. Tus letras surgen difusas y apenas son tenidas en cuenta ya se las ha llevado el viento.


Ya casi nadie dibuja corales, orlas ni adorna letras con lapislázuli y carmín. Eso lo hace el Photoshop en un click. Y perdido y despreciado el valor del arte de escribir, se desprestigia, se pierde su fondo, desaparece en la vacuidad y solo nos quedan obreros que escriben libros a toda velocidad simulando ser robots. Simples huesos humanos en movimiento cuyo espíritu ha sido sustituido, devorado, apisonado y pisoteado, por el espíritu de una máquina. Solo para así producir más y más libros y seguir alimentando el apetito voraz, despiadado e interminable, de las grandes editoriales y de los grandes medios de comunicación. Y el escritor ha pasado a ser ya un mero títere.

| Fuente: Bianamaran

4 comentarios :

  1. Muchas costumbres antiguas se están perdiendo, por desgracia. El arte de la caligrafía, pero también el del dibujo (¿quién dibuja a lápiz?) o el de la orfebrería. Quedan muy pocos artesanos y el trabajo de éstos ademas es muy mal pagado. A veces se llama artesanía a productos de Fabergé o Louis Vuitton, esos eran artesanías en su día, pero ya no lo son, ahora son fabricación industrial.

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  2. Es verdad que con el avance tecnológico muchas artes se pierden, o al menos se reducen.

    Pero me gusta pensar, que se dan oportunidades a otros. Antes de los ordenadores, la pintura y los retoques fotográficos estaban destinados a profesionales, o eran un hobby caro. Ahora con Photoshop como en tu ejemplo o incluso con Gimp y Linux, casi cualquiera que quiera puede hacerlo.

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    1. Sí Guti, es cierto, razón no te falta, pero... Una caja de lápices, una caja de ceras, una estilográfica, un bolígrafo y un cuaderno te cuestan un par de euros, cuatro o cinco como mucho (y si vas por marcas buenas). Puedes llevarlos contigo a todas partes; Van Gogh no tenía nada, incluso vivía de prestado muchos años de su vida, pero podía llevárselos con él, no necesitaba ni pagar electricidad para usarlos.

      A lo que voy es que la frontera es muy distante para usar un programa de retoque fotográfico (necesitas ordenador -y no un ordenador simplón-, una casa, electricidad que tienes que pagar religiosamente, y a eso hay que añadir el propio programa, porque si me dices que los hay gratis, no tienen comparación con los que son de pago). La frontera entre uno y otro sigue siendo insalvable. Obviamente estamos hablando de tecnologías muy distintas, pero para hacer lo mismo -dibujar-, ponte a comparar un simple lápiz con todo el equipo incluyendo la tableta digital.

      Claro que si vamos hacia atrás no hacía ni falta, porque la gente ni siquiera sabía leer ni escribir, no lo necesitaba y eran solo unos cuantos privilegiados quienes podían dedicarse a esto del "arte" de escribir, pintar o diseño. Ahora es accesible a todos, "a todos" los que puedan pagar y acceder a lo que dije al principio. Por eso pienso que la frontera tecnológica (que es eso: una frontera) separa más que une, da posibilidades a quienes puedan, pero no a todo el mundo.

      A principios de los noventa yo quería programar, soñaba con hacerlo, pero como no podía acceder ni al más cutre ordenador del mercado, tenía que pasarme los días en la biblioteca leyendo libros de programación e imaginándome cómo sería eso en un ordenador.

      No estamos hablando de poner un computador al precio de un lápiz, tampoco es eso, pero sí de no separar lo que antes más o menos igualaba en cuestión de oportunidades. Es cierto que los ricos cada vez podrán sacar mejores notas y acceder a mejores carreras (y eso no lo invento yo, hay muchos estudios que lo demuestran que el estar en un determinado nivel o escala social hace no que seas mal estudiante, sino que te obliga a serlo, lo cual hipoteca tu futuro), pero si la tecnología viene en lugar de para unir, para separar, no me sirve. Y vuelvo al caso del otro día del navegador Chrome: ahora resulta que quien tenga un buen ordenador, o pueda comprárselo, podrá navegar por Internet y ver vídeos y todo lo que quiera, el resto tendremos que aguantarnos. Y es eso lo que no entiendo, porque por detrás de todo ello no está la tecnología o que las cosas mejoren porque los tiempos avanzan, no, está el interés de las compañías por querer colocarte el último producto, y vendiéndotelo a sabiendas de que cuando esté en tus manos empezará la cuenta atrás para su caducidad y para que se te quede obsoleto, siga funcionando o no.

      Ya sé que en un mundo idílico todos tendríamos las mismas oportunidades, pero cuando recuerdo los chavales marginados a los que daba clases y los comparo con las oportunidades que tienen otros en colegios de pago no puedo menos que sentirme angustiado pensando en que todo esto, la sociedad de la información -y de la informática-, no hace más que crearles más brechas y separarles más. Muchos aprenden informática con 20 años cuando podrían estar aprendiéndolo con 14. Y no hablo ya del tercer mundo porque eso daría para varios volúmenes, castigados y discriminados por las "grandes naciones y grandes multinacionales" del primer mundo a sabiendas de que les conviene que se queden atrás. Es lamentable, y aunque sé que por mucho que yo diga y denuncie, como no valgo nada, no va a cambiar nada, no puedo tragar y callármelo porque es una injusticia muy grande.

      Lo del Photoshop es lo de menos comparado con todo ello.

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  3. Cuando ves escrito con tinta un texto, acompañado de unos pensamientos, unos sentimientos…. Estas ante el Alma desnuda de una persona, la tinta es como la cera de una vela que se va consumiendo por un fin superior, cumple su cometido, sacrificarse (tinta) para que el Alma quede plasmada en un papel en blanco.

    No se puede comparar un escrito digital con uno en tinta, un texto digital lo puede escribir cualquiera, no tiene alma, con uno en tinta se puede saber mucho de la persona, su letra, la forma, el color del texto, por la intensidad de la misma se puede ver el estado de ánimo…. Todo, con la era digital se esta perdiendo mucho por el camino, solo interesan los pensamientos digeribles y afines, el que esta al otro lado escribiendo no interesa nada.

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El Imperio