1.4.17

Estar en el mundo para comer arroz (II): la avaricia


El gran error consiste en pensar que no hay más que esta vida. Y tan pronto como uno se deja dominar de él, su locura se manifiesta por actos extraños: está desconocido. Semejante a los sacerdotes de los ídolos, que escudriñaban minuciosamente las entrañas de las víctimas para investigar en ellas la verdad, ¿no le ves arrojarse como un desesperado sobre las criaturas buscando en ellas la felicidad, el goce, la vida, en fin?

El esclavo encadenado a la rueda de molino, el demente que bañado en su sudor se consume por agotar un pozo que nunca verá seco, son débiles imágenes de la asiduidad, la fatiga, el ardor febril del infeliz fascinado. Trabajando noche y día en los ríos, en los mares, en los ferrocarriles, en las entrañas de la tierra, no deja que descansen sus miembros, y menos su cerebro.




No habréis olvidado que en nuestra visita al fondo del corazón humano encontramos tres bestias furiosas, que no esperan sino el momento de verse sin cadenas para llevar por doquiera el desorden y la desolación. Esas bestias, de fuerza terrible y de voracidad insaciable, son las tres concupiscencias: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida.

El gran error las abre la jaula, las desencadena y las lanza a la arena del mundo, del cual luego al punto se enseñorean. Desde que esta vida se toma por la vida, los goces son el fin, el fin único, el fin apasionadamente perseguido. Las tres concupiscencias se presentan como el triple medio de conseguirlo. Veamos sus obras, es decir, los desastres que ocasionan.


La concupiscencia de la carne. Gula y lascivia: he ahí lo que es; deleite en el comer, y otros deleites sensuales: he ahí lo que quiere. En el esclavo de tal concupiscencia, el alma, decaída de su dignidad, no es más que la criada del cuerpo, la proveedora de sus groseros y culpables goces. En este vergonzoso oficio se prostituyen y se gastan sus pensamientos, sus deseos, sus más nobles facultades... ¿No ves a esa pobre alma dedicada a inventar cada día algún nuevo medio de mejorar la buena vida de su tirano, de disponer más cómodamente su palacio, de dar pábulo a su molicie, y de satisfacer, sin poderlo jamás lograr, sus mil necesidades ficticias?

Aguijoneada constantemente por la concupiscencia de la carne, la infeliz esclava analiza, descompone y recompone las sustancias alimenticias; cruza mares y tierras para hacer llegar a la mesa de su amo los vinos más exquisitos, los manjares más buscados, los productos más raros, y por hacer a toda la creación tributaria de su paladar y del último de los sentidos, de su tacto.


Estos primeros placeres llaman a otros después de sí. Delicadamente alimentada la carne, se hace rebelde. Hablan los sentidos y quieren que se les obedezca: es poco mancillarlos en secreto; la concupiscencia de la carne busca por todas partes combustible para las llamas impuras que los devoran, y encuentra ese pábulo funesto y lo diversifica de mil maneras. A la vista tenemos la prueba.

¿Quién ha cubierto la Europa de teatros corruptores? La concupiscencia de la carne. ¿Quién ha inundado e inunda el mundo de libros obscenos? La concupiscencia de la carne. ¿Quién provoca, con justificarlos y cantarlos, tantos y tan desastrosos desvaríos del placer? La concupiscencia de la carne. ¿Quién pinta y esculpe y graba y fotografía las desnudeces más repugnantes? La concupiscencia de la carne. ¿Quién abre y puebla las casas de corrupción? La concupiscencia de la carne. ¿Quién costea tal equipo y tan caras habitaciones a las damiselas célebres, quién las paga tanto lujo, las colma de riquezas y las cubre de la más rica pedrería? La concupiscencia de la carne. ¿Quién persigue la inocencia y la debilidad con igual furor que el lobo persigue a la oveja? La concupiscencia de la carne. ¿Qué cosa es la que arrastra a la afrenta, a la deshonra, a la ruina de la inteligencia, de la fortuna y la salud, a los escándalos ruidosos, a las disensiones domésticas, asesinatos, envenenamientos y abominaciones que no me atrevo a nombrar? La concupiscencia de la carne.


Concupiscencia de los ojos. Avaricia y curiosidad: he ahí lo que es; oro, plata, piedras preciosas, trenes lujosos, propiedades muebles e inmuebles, objetos raros y preciosos, en una palabra, todo lo que brilla: he ahí lo que quiere. Al examinar lo que hace, verás que no es menos desastrosa que la primera. Si la una trueca al hombre en un cerdo, como habla la Escritura, la otra hace de él un malvado. No soy yo quien lo dice, sino Dios mismo: "No hay cosa más inicua que el avaro".

Malvado es el hombre entregado al crimen. Ahora bien: la avaricia es madre de todos los crímenes, reina en todos los males. El avaro es digno de tal madre. Desde cualquier punto de vista que se le considere es un malvado.


Malvado contra Dios. Le ha vendido: crimen excepcional que sólo comete el avaro. Además, todos los días pone en venta su alma, como se lleva una bestia a la feria; y esa alma pertenece a Dios, que la crió y la rescató con su sangre. "¿Cuánto me dais por ella y os la entrego?" Le ofrecen una criatura ¡y qué criatura! Una criatura inanimada, que ni ve, ni oye, ni habla; que no ama, ni tiene alma, ni sentidos; una tira de papel (un billete), un pedacillo de metal duro y seco (una joya), que no es en sí más que un poco de tierra blanca o amarilla... ¡y él entrega su alma, la vende!

Malvado para con sus semejantes. La ley fundamental de toda sociedad es la abnegación, como es su destrucción el egoísmo. Pues bien: el avaro es egoísta, cruelmente egoísta. La usura, el robo, la rapiña, el fraude en todas sus formas, la mentira, el perjurio, los pleitos injustos, en nada repara por enriquecerse. ¡Cuántas familias arruinadas por los avaros!


Malvado contra los pobres. El trigo, el vino, el aceite, los frutos de la tierra, las riquezas de cualquier clase que sean, han sido creadas para bien de todos los hombres. Su destino es que circulen por todas las partes del cuerpo social, como la sangre circula por todas las venas del cuerpo humano. Pero, ¿qué hace el avaro con todas esas cosas? Las distrae de su destino, las detiene, las aprisiona, deja que se pudran o se las coman los gusanos, o no consiente en soltarlas como no sea a precios exorbitantes. "El avaro, dice un gran doctor, es semejante al infierno, que lo recibe todo, y lo devora todo, y no devuelve nada, y nunca dice: Bastante".

Malvado contra sí mismo. O esconde bajo tierra sus riquezas, o las convierte en lujo. En el primer caso, no solamente rehúsa hacer participantes de sus bienes a los demás, sino que ni él mismo se aprovecha. Su felicidad suprema consiste en tenerlas y como sentirlas junto a sí. Primero que tocar a ellas se negará a sí mismo lo necesario, y en medio de la abundancia, vivirá tal vez peor que el último mendigo. Su vestido, sus muebles, su alimentación, su modo de vivir, justificarán vergonzosamente el epíteto de sórdida que todas las lenguas han dado a la avaricia.


Si el avaro no entierra sus tesoros, los convierte en lujo. Este segundo desorden es más frecuente, pero no menos culpable que el primero. Ambos son hijos del egoísmo: en uno y otro el hombre se hace su Dios. Víctima de la concupiscencia de los ojos, ambiciona todo lo que brilla, y lo quiere a toda costa; a costa de su tranquilidad y sus afecciones de familia; a costa de su propia salud, que gasta en viajes, en especulaciones y agitaciones incesantes, y aún a costa de su vida, que se gasta prematuramente, como una vela encendida por ambas puntas.

Lo quiere a costa del sudor y trabajo forzado de los artífices de su fortuna, que no conocerán día de descanso; a costa de las costumbres y fe de los mismos, que las perderán, sea porque ven el escándalo que les da el amo, sea en la atmósfera moralmente pestilencial de sus oficinas, obradores y talleres.


Lo quiere a costa de los sufrimientos y la miseria pública; sus entrañas son crueles. "Pobres, enfermos, viejos, huérfanos, desvalidos, quien quiera que seáis, no tenéis ni vestido con que cubriros, ni pan que llevaros a la boca, ni leña para calentaros, ni medicamentos, ni quien os cuide, ni ampare. Que os planten en la calle a vosotros y a vuestros tiernos hijos, y os vendan a vil precio vuestros pobres muebles para pago del alquiler; que la necesidad arrastre vuestras hijas a la deshonra y a vosotros al suicidio: nada de eso me importa ni me hace mella. Yo doy mejor empleo a mi fortuna".

"Necesito oro y plata, y en abundancia. Necesito posesiones y más posesiones. Necesito tener casas suntuosas en la ciudad y en el campo. Necesito que mis habitaciones estén doradas y tapizadas de seda. Necesito de muebles, en los cuales la perfección de la forma compita con la riqueza de la materia. Necesito de blandas alfombras y pavimentos de mármoles raros. Necesito joyas de pedrería engastadas en oro".


"Necesito la lencería más fina, los encajes más caros, las telas más ricas. Necesito cajas de plata. Necesito caballos de lujo y coches vistosos. Necesito objetos de arte, bronces, estatuas, cuadros, que el precio de uno solo bastaría para mantener largo tiempo a una familia pobre. Necesito, en fin, para mí, para mi mujer, mis hijos e hijas, mil cosas inútiles, de gran precio, buenas únicamente para llamar la atención y halagar la vanidad de la que estoy borracho".

Tales y otras muchas son las cosas que quiere el hombre convertido en su propio Dios: no importa que cuesten mucho, porque a trueque de tenerlas, todo lo pone en venta, hasta su alma. Aquí me detengo, pues sería imposible decir las consecuencias morales, o más bien inmorales, de este lujo desenfrenado; esto es, sería imposible decir hasta qué punto de maldad e ignominia conduce a todas las clases de la sociedad esta segunda concupiscencia, hija legítima del error desastroso que combatimos.

3 comentarios :


  1. Los avariciosos suprimen a DIOS de su corazón por objetos materiales, son personas que jamás pueden llenar su vacío existencial, se creen que todo se lo merecen y siempre están a la búsqueda de llenar su insaciable, frio y desinflado corazón, son como muertos vivientes que ante la desgracia ajena ni sienten ni padecen, en algunos casos hasta se alegran del mal ajeno.

    ResponderEliminar
  2. Por desgracia así es, Apolino, pero ¿sabes qué es lo peor de ese pecado? Lo auténticamente cruel, como el de la soberbia, es que nadie se da cuenta de que lo sufre. Los ávaros son "los otros", al igual que los soberbios son "los demás", aunque quien lo diga tenga millones en el banco o miles de cosas inútiles en sus varias casas que, obviamente, necesita, porque lo ha trabajado y se lo merece y nadie le ha regalado nada blablabla (lo que siempre repiten hasta la saciedad y machaconamente como una muletilla)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Exacto Bianamaran, estas personas que atentan al cielo sin pedir perdón, necesitan justificar sus actos arrastrando a los demás, para que los arrastrados de corazón no vean con malos ojos los pecados de las personas más visibles y poderosas de este mundo, así que unos retroalimentan a otros y se justifican mutuamente, además los perdidos de corazón siempre se comparan con lo peor de lo peor, así ellos no salen tan mal parados, y si pueden eliminan las enseñanzas y la existencia de Jesucristo para que no se vean sus vergüenzas ante la luz de la verdad, pero lo que ellos no saben es que al SEÑOR no le pueden engañar, él ve el corazón de todos y sabe quien vive en él.

      Eliminar

El Imperio