
Una de las cosas que más le costaba a mi padre para salir del pueblo era tener que irse a vivir en una comunidad de vecinos. Por fortuna cuando salimos de allí fuimos a parar a un edificio con unos vecinos excelentes, respetuosos, muy solidarios y que nos ayudábamos unos a otros cuanto podíamos.
Por desgracia eso fue hace ya mucho tiempo, y ya no estoy allí. Ahora mismo -aunque llevo tiempo intentando cambiar, sin conseguirlo- vivo en un piso donde la atmósfera es desesperante. Prácticamente no hay un minuto del día en el cual puedas estar tranquilo y relajarte. Todo el dia, las veinticuatro horas, son estresantes. A eso hay que añadir que el edificio es muy antiguo, por lo cual todo se oye y hay muy poco aislamiento acústico tanto entre plantas, como entre viviendas en una misma planta.