
Los sábados el abuelo viene con su nieto al restaurante y, mientras él se va a la barra a charlar con los conocidos del barrio, "los parroquianos", el niño se queda sentado frente a una mesa con un vaso de refresco sobre ella. Saca su móvil y, a solas, se pone a jugar con ambas manos. Pasa las horas absorto frente a aquella máquina, hasta que su abuelo decide que ya es hora de regresar a casa para irse a comer.
No puedo evitar, al verlo, recordar cuando salía algunas tardes de invierno por el barrio, con frío y todo el mundo estaba en su casa al pie del televisor mirando la película que echaban en la sobremesa. Entonces yo acudía a aquellas salas de videojuegos con toda la calderilla que había podido reunir en mi bolsillo, y quedábamos la máquina y yo en compañía, a solas, durante horas.