25.1.17

Acorazado (Ironclad)


Un relato de Bia Namaran.




República de Chechenia, Federación Rusa. 2001.

Andrev presionó con fuerza, prácticamente dándole un pisotón, el acelerador. Era complicado conducir aquel pesado tanque de más de cuarenta y seis toneladas bajo aquéllas condiciones, con fuego desde todos los flancos, y en aquél terreno cenagoso.
La máquina de guerra chirriaba por todas partes y parecía querer resquebrajarse por mil sitios cada vez que daba un tumbo en el accidentado y abrupto terreno. Además, le estaba entrando por algún sitio agua embarrada, o algo parecido. Lo indudable es que alguna filtración tenía de un líquido color negruzco que empapaba sus botas y hacía terriblemente incómodo desenvolverse.
Su artillero dijo a voz en grito, levantando el tono de sus palabras para hacerse oír por encima del infernal ruido del motor. O intentándolo, al menos:
- ¿¡Quién decía que le encantaban los tanques!?
Andrev esbozó una sonrisa, que, en la semioscuridad en la que se encontraban, nadie apreció. A él, desde siempre, le habían entusiasmado los tanques. Esos imponentes monstruos de metal que no parecían detenerse ante nada, y que aterrorizaban a todo aquél que tuviese la osadía de interponerse en su camino. Había sido él quien lo había dicho.




Una terrible explosión y la metralla impactó bruscamente contra un costado de la acorazada máquina. La tensión regresó de inmediato a los rostros de todos. Vieron también cómo varias unidades de su escuadrón de blindados quedaban convertidas en auténticas teas de fuego. Sus tripulantes estaban siendo quemados vivos en su interior. Los alaridos podían oírse aún a pesar del fragor de la contienda.
Instantes después, estallaron varias cargas más, que destruyeron los dos acorazados que estaban por delante del de Andrev. Dichos tanques fueron alcanzados de lleno por las temibles armas anticarro KE, penetradores cinéticos que golpeaban brutalmente el casco del tanque, astillando su interior y convirtiendo las paredes de metal en esquirlas cortantes, las cuales, literalmente, acuchillaban a la tripulación. Era una manera horrible de morir. Peor aún si dichas esquirlas no te daban de lleno, y te dejaban malherido, sin poder moverte y desangrándote durante eternos minutos en el ataúd de grueso metal.
Andrev no pensaba en eso. Prefería no pensarlo. Aunque en alguna que otra ocasión se sorprendía de la derrochadora imaginación que tenían muchos hombres para inventar formas horribles de matarse entre sí. Porque, ¿quién, en su sano juicio, podría dedicar su tiempo probando e inventando armas tan salvajes? ¿Cómo luego podría llegar esa persona a su casa, y mirar a los ojos de su mujer y de sus hijos? Más aún: unos hijos que, quizá en el futuro, puede que acabasen masacrados por los mismos inventos diabólicos que tales tipos de hombres desarrollaban. No. Andrev se negaba a pensar que hubiera realmente tipos así en la faz de la tierra. Pisando la misma tierra que él.
Y, sin embargo, los había.
El comandante crepitó por la radio a grito vivo: les ordenaba seguir a la columna de blindados y, luego, desviarse al este. Quería organizar una emboscada y prender a los tanques enemigos en medio. El problema es que en el camino estarían expuestos a los sistemas de disparo guiados por energía térmica, los conocidos como FLIR. Y si les disparaban mediante ese sistema, estarían perdidos. Rara vez fallaban. Por eso Andrev colocó su tanque en posición frontal antes de subir a lo alto de la colina, y ordenó a uno de sus artilleros prepararse. Avanzarían disparando. Era la única alternativa. No podían fiarse de que el enemigo no les viese: les verían. El dilema radicaba en que si les verían durante el tiempo suficiente para usar sus armas. Por eso tenían que ser ágiles y rápidos. No podían rezagarse. Tragó saliva. Ordenó disparar mientras pisaba el acelerador. Al hacerlo, cientos de gotas saltaron, mojando sus pantalones. Había olvidado por algunos momentos aquélla asquerosa agua. Pero no se entretuvo con ello: al alcanzar la colina viró de inmediato a su izquierda, para coger el lado rocoso que le volvería a la formación, por detrás de la cabeza del frente de combate del enemigo. Los disparos se escuchaban muy bien en todas direcciones, silbando sus trazadoras para acabar estrellándose contra el blindaje. Debía esconder su tanque de nuevo lo más rápidamente posible: la parte más vulnerable, su zona trasera, apenas tenía blindaje. Sólo unas planchas de un grosor irrisorio. Allí, además, estaban colocados los sistemas de propulsión y el depósito de combustible. Se preguntó quién habría sido el iluminado que diseñó un tanque así. Estaba claro que esa persona nunca había estado en un campo de batalla. Desde la mesa de dibujo es muy fácil para un ingeniero encontrar soluciones para todo, pero en el campo de batalla la cosa era muy diferente.
Pero no tenía alternativa. Viró bruscamente, tanto como se lo permitían sus brazos, y el acorazado se deslizó colina abajo. Sus anchas cadenas metálicas parecían flotar por la hierba cenagosa, pantanosa, que sobresalía de la tierra embarrada. Fue entonces cuando les vio. Eran varias familias, veinte o treinta. Miraban aterrorizados el pesado armatoste que se les venía encima. Cogió la radio deprisa:
- ¡Comandante! ¡Hay civiles! -Gritó. Pero el comandante no estaba para concesiones:
- ¿Y qué? ¡Son enemigos!
- ¡Son civiles! -Repitió a gritos Andrev-. ¡No van armados! ¡Son civiles, señor!
- ¡Son civiles del enemigo! ¡Les ponen ahí para retrasarnos! ¡Vamos! ¡Páseles por encima!
- No... No puedo hacer eso, señor. -Pero el tanque no se detenía.
- ¡Páseles por encima, le he dicho, y venga acá a darnos apoyo! ¡Es una orden! ¿O prefiere que mueran sus compañeros por salvar a una familia de colaboradores del enemigo?
Andrev cerró los ojos. Los artilleros preparaban sus armas en silencio. Cuando los volvió a abrir, estaban de nuevo subiendo la empalizada, adentrándose en el campo de batalla. Dispararon varias cargas anticarro por detrás de los blindados: fue muy fácil. En aquélla zona los tanques estallaban como petardos. Incluso disparándoles con la munición del calibre más pequeño que tenían. No tardaron en convertirlos en hogueras inmensas, que iluminaban la noche. Los pocos miembros de infantería que quedaban se fueron a todo correr. El comandante ordenó a dos tanques irse hacia ellos y dispararles a distancia.
Ya amanecía cuando Andrev y su tripulación salieron del tanque. Andrev tenía una barba de cuatro días, ojos profundamente negros, como el color de su pelo, y una frente muy despejada. Caminó mirando a su alrededor. Sus artilleros lo vieron alejarse, como si estuviera buscando algo, pero no le dijeron nada. El militar saltó por la zanja que habían sorteado antes, y caminó varios pasos por entre las matas de arbustos, ahora literalmente arrancadas, tiradas al suelo. Y entonces lo vio. Una mujer, varios niños... Uno de ellos aún en brazos de su madre, con la pierna destrozada. No debía haber muerto hacía mucho, desangrado. En sus piernas se veían claramente las huellas de las cadenas del tanque. De su tanque. Las mismas huellas que se veían en el terreno, y en varios cuerpos más. Uno de ellos le había pasado el monstruo de metal por el vientre a una joven. No debía tener más de trece años. La había reventado por completo. La madre... La madre tenía el rostro grotescamente hundido en la tierra, con el cráneo partido en mil pedazos y sus sesos, con la sangre aún fresca y brillante, desparramados por todo alrededor, a considerable distancia. El tanque le había reventado la cabeza como si fuera un melón. Andrev se dio la vuelta, con los dientes apretados, presa de rabia e ira. En el centro de la explanada, entre las columnas de humo, el comandante disfrutaba de la victoria saboreando un puro y hablando animadamente con algunos oficiales. Sin detenerse, Andrev se fue hacia él y, sin mediar palabra, le propinó un brutal puñetazo que lo arrojó al suelo. Entonces varios militares le cogieron para contenerle. Gritó:
- ¡Miserable! ¡Asesino!
El comandante se repuso. Le amenazó con su dedo de la mano derecha extendido:
- ¡Estás acabado! ¡Te formaré un consejo de guerra por esto! ¡Jamás volverás a conducir un tanque!
- ¡Miserable! -Repetía Andrev, intentando zafarse de los soldados que le retenían, sollozando y sin hacer caso a las amenazas de su superior-. ¡Me has hecho matarlos! ¡Iban desarmados!
- ¡Tú los has matado! -Bramó el comandante.
- ¡Esta no es mi guerra! ¡Así no! -Gritó Andrev.
Le llevaron a una celda. Allí, encerrado, se pasó varias semanas. Sin saber qué sería de él.



Capítulo 2

No le licenciaron, pero tampoco le querían combatiendo en el ejército. Le enviaron a mantenimiento, a limpiar tanques. Con el viejo Jhonny.
En realidad su nombre era Sergey, pero todo el mundo le llamaba Jhonny, por lo aficionado que era a las películas del Oeste. Se había pasado su vida limpiando tanques y engrasándolos. Era muy querido (y conocido) por los muchachos. Andrev también lo conocía desde hacía tiempo. Muchas veces le había limpiado su propio tanque. Ahora él hacía ese mismo trabajo.
Si no se retiró del ejército no era por su cariño a los tanques. Ni por los grandes amigos que había hecho. Sino por ella. Svetlana. Una de las pocas conductoras de tanques de la compañía. Una guapísima rubia que conducía con destreza un monstruoso PTE-91. Más de cuarenta y cinco toneladas dominadas por aquéllas hermosas manos femeninas. Pero ella no le hacía mucho caso. Como ocurría muchas veces entre las filas de militares donde la presencia de mujeres era casi anecdótica, Svetlana tenía a tal cantidad de hombres "echándole los tejos" que si tuviera que hacerles caso a todos se volvería loca.
Pero Andrev no perdía la esperanza. Y cuando veía su tanque aparcado, trataba siempre de ser él quien se lo limpiase. Jhonny lo sabía, y siempre procuraba dejarle ese trabajo.
Pero no había pasado ni un mes tras ocupar su nuevo puesto, cuando Svetlana no regresó. Realmente, regresaron muy pocas unidades de las compañías. Y las que lo hicieron daban muestras de lo que había ocurrido. De la feroz batalla. Blindajes ennegrecidos, motores averiados... Y muchas bajas. No tardó en confirmarse la muerte en combate de la bella conductora rubia y su tripulación: el comandante y el artillero. Por lo que se contaba, murieron por los efectos de proyectiles HEAT. Era una muerte atroz. Andrev prefería no haberlo sabido. Los HEAT disponían de varias cabezas huecas rellenas de cobre, que se fundía y atravesaba el blindaje por su enorme calor, inyectando luego ese cobre fundido en forma de plasma dentro del tanque. Con un poco de suerte, el plasma atraviesa como si fuera de papel cualquier cuerpo humano que se le ponga en medio, y la muerte ocurre casi al instante. Si no hay suerte, se produce un incendio mientras el metal fundente se expande a todos lados. Si tratas de escapar, te quemas. Y si no te mueves, te ahogas. De una u otra manera, los dolores son terribles y la muerte, agónica.
No quería ver a más amigos morir así. Se fue del ejército en cuanto cumplió su castigo.
Ahora vivía como un civil en una barriada a pocos kilómetros de la ciudad. Pero la guerra no había acabado. Ni mucho menos. Ambos mandos enfrentados tenían atemorizada a la población. En su barrio los disparos estaban a la orden del día, y las calles estaban dominadas por francotiradores. Los de un bando, decían que eran francotiradores del otro, y viceversa. Pero lo cierto era que salir a la calle suponía todo un reto. Jugarse la vida.
Si se tenía suerte, y el francotirador estaba comiendo, haciendo sus necesidades o cambiando de posición, se podía recorrer la calle corriendo, salvando la vida. De lo contrario, era como jugar a la ruleta rusa.
Los cuerpos inertes de algunas personas se pasaban horas tendidos en mitad del resquebrajado asfalto, en espera de que, durante la noche, los recogieran furtivamente. Sus familiares, los del pobre (o la pobre) desafortunado que yacía muerto, se pasaban a veces un día entero llorando a pocos metros de él, escondidos en algún portal o tras alguna ventana, sin poder hacer nada. Sus gritos y lloros podían oírse por todo el vecindario. Y eso cuando la víctima tenía la suerte de morir al instante, porque otras muchas veces agonizaba delante de su familia, sin que nadie pudiera ir a socorrerle. Los cabrones francotiradores preferían esa situación, y querían dejarlos malheridos sin rematarles con la esperanza de que algún familiar fuera hacia ellos, y así dispararles también. Eran tan salvajes, y actuaban de una forma tan cruel, que, muchas veces, fingían que se habían ido tras alcanzar a alguien, dejando que otras personas transitaran y cruzaran la calle sin hacerles nada, solo con la esperanza de que algún familiar apareciera por su mira telescópica y pegarle un tiro. Utilizando estas tácticas ya habían asesinado a varios miembros de una familia: primero dispararon a una pequeña, una niña que no tendría más de cinco años. Cayó a un lado de la carretera, y su madre, creyendo que la alcanzaría, corrió hacia ella. Gran error: el francotirador tenía una buena línea de disparo allí, y le reventó la cabeza a la mujer nada más llegar a la altura de su hijita. Media hora después caía su marido. Y, por la tarde, el padre de uno de los dos, mientras gritaba desesperado viendo cómo pedía ayuda su nieta sin poder hacer nada. Finalmente, mientras caía la noche, la pequeña murió también. Desangrada.
Cuando no cruzaban las gentes las calles, los francotiradores se dedicaban a disparar a palomas, a ratas... O a latas vacías o ventanas. A cualquier cosa para entretenerse.
Andrev tenía alquilado un cuchitril en lo alto de un edificio de cuatro plantas. Técnicamente era una buhardilla, pero su estado era lamentable: humedad, paredes desconchadas... Y una vieja cocina a carbón que no funcionaba.
Pero era lo único a lo que podía acceder. Y ni eso siquiera, porque ya hacía tres meses que le debía a la señora Anna las mensualidades. Pero no tenía ni un céntimo para pagarle. Anna era una anciana muy delgada, de pelo blanco y con grandes ojos azul claro. Era una mujer amable y comprensiva, por lo que ella no era un problema. El problema era su hijo, Nicolae. Un hombre rudo que antes de la guerra había sido marino, y que ahora se dedicaba a trapichear con cualquier cosa que encontrase para pagarse sus vicios. Uno de ellos los puros, que fumaba casi compulsivamente. Y otro las mujeres. Ambos vicios muy caros en época de racionalización y escasez como aquélla.
Nicolae tenía una barba densa como el pelo de una oveja sin trasquilar, ojillos que apenas se veían tras las pobladas cejas, y hablaba en tono autoritario, como si fuera un almirante. A lo cual, además, colaboraba el vozarrón grave que tenía. Desde luego, ni en carácter ni en físico había salido a su madre. A su padre puede, porque Andrev lo ignoraba ya que, según le habían dicho, había muerto hacía bastantes años.
Y todas las mañanas, implacablemente, Andrev aporreaba su puerta. Si no le abría, le gritaba desde afuera:
- ¡Páganos, miserable! -Le decía a Andrev con aquélla estridente voz-. ¿No te da vergüenza, aprovecharte de una anciana para estar gratis aquí? ¡Sin verguenza! ¡Págale lo que le debes! ¡Ve a trabajar, vago!
Y así siempre, casi una hora. Todos los días. Si, por fortuna, Nicolae tenía una cita (o un puro que fumarse), se marchaba antes. Pero si no, y especialmente si estaba obligado a pasarse días sin fumar o sin visitar a alguna fulana, el "sermón" podía ser de órdago. Incluso alguna vez se había atrevido a tirarle piedras desde el minúsculo patio de luces hacia su ventana. Nunca acertó.
Y, una mañana, estuvo gritando más airado aún. Tanto que incluso se podía escuchar a su madre decirle en voz baja:
- Déjale, ya nos pagará cuando mejoren las cosas...
Esto le excitó aún más:
- ¡Cuando mejoren las cosas! ¡Cuando mejoren las cosas! -Increpaba Nicolae-. ¡Cuando mejoren las cosas tampoco necesitaremos ya el dinero! ¡Lo queremos ahora! ¡Qué blandengue eres, madre! ¡Así abusan todos de ti!
Por fin, unos minutos después, Andrev oyó cómo el ex-marinero se alejaba escaleras abajo. Abrió la puerta de la calle, y entonces ocurrió. Sonó un disparo. Andrev se fue a la ventana, espiando desde una esquina con precaución. No pudo ver a nadie. Abrió entonces la puerta y bajó por las escaleras. Allí, en medio de la calle, Nicolae yacía empapado en su propia sangre. Algunos vecinos se llevaron a su anciana madre, que lloraba a gritos, hacia el pequeño cuartucho de la portería. Andrev miró con cuidado los lados de la calle. No había un alma. Sólo un ligero viento que mecía algunas ramas de los árboles. Simon, un chaval de dieciséis años que vivía con sus padres en el segundo piso, asomó su cabeza. Andrev le cogió por la camisa y le tiró, literalmente, al interior, justo cuando el padre del muchacho llegaba al portal desde las escaleras:
- ¡Simon! -Le gritó-. ¿Estás loco? ¿Quieres que te maten?
- Sólo quería verlo... -Balbuceó el muchacho.
Su padre le dio una colleja:
- ¡Ve adentro! -Y, espiando junto a Andrev, dijo, mirando el cuerpo tendido de Nicolae-: Ese desgraciado... ¿En qué estaría pensando?
Andrev suspiró:
- En no volverse loco. Como todos.
Pasó junto a la portería, y escuchó a Anna decir, sin dejar de llorar:
- ¡Ay! ¡Llevaba con él todos mis ahorros! ¡Qué va a ser de mí ahora!
Las señoras que atendían a la anciana, el padre de Simon, de nombre Vladimir, e incluso algunos vecinos más, se miraron entre ellos. El hambre, el deseo, la codicia..., la necesidad, les impulsaba a echar a correr hacia el cadáver de Nicolae. Pero el instinto de supervivencia les mantenía inmóviles. Pero era difícil resistir el ansia de imaginarse devorando un buen filete. Por eso, quizá, alguien dijo:
- De una carrera podría conseguirse... Josef lo consiguió aquella vez...
Una voz infantil vibró de alegría por encima de todas las murmuraciones:
- ¡Yo podría conseguirlo, papá! -Era Simon, que había estado escuchando con la oreja pegada a la puerta de su casa y que, ahora, había salido gritando hacia su padre. Éste se puso serio e hizo ademán de volver a golpearlo, ante lo cual el chico retrocedió varios pasos, casi a donde Andrev estaba:
- ¡Tu cállate! -Le gritaba Vladimir! -. ¡Qué sabrás tu!
Andrev entonces dijo:
- El dinero es de la señora. -Refiriéndose a Anna. Simón dirigió su mirada agresiva a él:
- ¡El dinero es de quien lo coja! ¡Ahora no es de nadie!
Una vecina, con fláccidos brazos y vestido azul con manchones, bajó dos escalones para irse hacia ellos, y señaló a Andrev:
- ¡Tú eres el que menos tienes que hablar! ¡Que le debes varias mensualidades!
Andrev esbozó una sonrisa:
- Como si vosotros no le debiérais ninguna... Bueno -y giró la cabeza, hacia la hija de una de las del primero, Martha-...excepto algunas, que ya le pagaban en especie...
Los ojos de Martha ardían de ira. Apretó los dientes y se volvió a su casa cerrando la puerta de un portazo.
Vladimir miró de nuevo hacia la calle, recuperando el tema principal:
- Bien. En cuanto oscurezca salgo yo a por eso.
Pero otro vecino dijo desde el descansillo:
- Yo iré primero.
Vladimir se fue hacia él. Comenzaron a discutir. Y entonces, como una exhalación, Simon salió corriendo hacia la calle. Una de las señoras gritó:
- ¡El chaval!
Todos se llevaron las manos al rostro, asustados. Andrev dijo:
- ¡No podrá con Nicolae, es demasiado pesado para él!
Entonces se oyeron unos disparos, el francotirador estaba disparando contra el niño. Andrev tragó saliva y salió. Al verlo, el francotirador dudó. Dejó de disparar al niño y buscó en su mira a Andrev, que gritaba:
- ¡Vamos, vamos, vamos!
Cogió por la chaqueta el cuerpo sin vida de Nicolae, y lo arrastraron al otro lado de la calle, refugiándose con él en un viejo almacén. Andrev cogió al chico por los hombros:
- ¿Estás bien?
El niño reía de la emoción.
- ¡Sí! ¡Ha sido genial!, ¿verdad?
Andrev se sentó pesadamente en el polvoriento suelo, levantando con ello una capa de polvo:
- ¡Genial! ¿¡Genial!? Genial va a ser la paliza que te va a dar tu padre cuando te vea. -Y, luego, añadió-: Siéntate. Nos quedaremos aquí hasta que anochezca.
Simon se fue hacia él y se sentó a su lado. Ambos se quedaron allí, en silencio, con sus miradas en aquél cuerpo inerte que yacía a pocos centímetros de ellos. En la carretera quedaba ahora un charco de sangre, y un reguero rojo se extendía desde él hacia donde ellos estaban. Andrev posó su mano en la rodilla del chaval, moviéndosela con camaradería:
- No vuelvas a hacer más esa estupidez, ¿eh? -Y, añadió-: Además, tu padre no va a ver el dinero, es para Anna a quien se lo vamos a dar.
Simon sonrió:
- Genial. Porque yo también quería dárselo a ella.
Andrev suspiró, y entrecerró los ojos:
- Si quieres entretenerte mira a ver si hay algo que merezca la pena por el local. Pero no salgas de aquí.
El ex-militar sabía muy bien que no habría nada interesante, mucho menos aún comida. Aquéllas tiendas y casas ya habían sido esquilmadas miles de veces. Pero así al menos al muchacho se le haría más corta la espera de la llegada de la noche.



Capítulo 3

A la mañana siguiente la anciana señora llamó a la puerta de la buhardilla de Andrev. Éste no iba a abrirle, recordando las discusiones de su hijo, pero el toque fue suave, amable. De modo que supuso que no iría a reñirle ni a gritarle por el alquiler. Además, Anna era comprensiva.
Le abrió y se la encontró triste, con los ojos enrojecidos de llorar. Le dio las gracias nuevamente, con voz temblorosa, por haberle devuelto el dinero y el cadáver de su hijo. Y le notificó que su cuenta del alquiler estaba saldada.
Realmente los retrasos del alquiler que le debía a la anciana señora suponía más dinero del que Nicolae llevaba encima cuando le mataron, pero en aquella época de hambruna y escasez un puñado de monedas eran un tesoro.
Pasaron los días y los francotiradores dominaban cada vez más y más zonas de la ciudad. Ya apenas se podía salir de día a realizar trueques o comprar, e incluso, muchas veces, disparaban también de noche. A Andrev apenas le quedaba ya un mendrugo de pan. Tenía que salir y arriesgarse, pero ¿cómo? Fue entonces cuando se le ocurrió. Le pidió permiso a Anna y bajó al sótano, donde se acumulaban todo tipo de muebles viejos e inservibles. Rebuscó entre ellos y encontró varios electrodomésticos estropeados. Con tesón y esfuerzo, consiguió componer lo que parecía una caja metálica. Como no tenía equipo de soldadura, se veía obligado a remachar cada pieza de metal, lo que les llevaba un tiempo enorme. Sí, "les llevaba", puesto que Simon había decidido ayudarle. En aquél sitio no había mucho que hacer para un jovenzuelo como el chaval pecoso y pelirrojo, por lo que en cuanto descubrió que Andrev estaba construyendo algún armatoste en el sótano, enseguida se animó a ayudarle. Aún a pesar de las reticencias de su padre, el cual más de una vez había bajado al sótano para llevárselo consigo tirándole de las orejas.
- ¡Estamos haciendo un acorazado! -Le decía el chaval de pelo color de zanahoria, pero su padre no se lo tomaba en serio. En realidad, no perdonaba que Andrev le hubiera devuelto el dinero a la anciana, e incluso colaboraba con la calumnia de que Andrev se había quedado con parte del dinero. Lo cual no era cierto, por supuesto:
- ¡Un acorazado! ¡Ya te daré yo a ti acorazado! -Le gritaba Vladimir-. ¡Lo único que conseguirás es cortarte un dedo entre tanta chapa!
Pero, aunque lo devolvía prácticamente a rastras de vuelta a su piso, Simon no tardaba en escabullirse y regresar correteando hacia el sótano.
Andrev le colocó a "su cacharro" cuatro ruedas de un carrito para bebés, en la parte interior de la armadura, con el objeto de que estuvieran lo máximo posible a salvo de impactos.
Y quince días después de los primeros bocetos sobre el papel, por fin, lo habían terminado.
No se puede decir que el aspecto fuera muy impactante, más bien era una especie de caja remachada por todos lados con capas y capas de metal una encima de la otra, sin orden aparente. Aunque Andrev había usado toda su experiencia en carros de combate para construirla. De esta forma, en la parte frontal tenía un pequeño y rectangular agujero para ver, junto con una especie de repisa que se podía levantar hacia arriba, con el fin de prestar el menor ángulo posible a los disparos, y por la cual se podrían introducir diversos elementos, como bandejas, bolsas, y cualquier carga suficientemente plana. En la parte trasera estaba la pequeña puerta de entrada.
El "armatoste" era hueco por abajo, y pesaba muchísimo. Lógicamente, era necesario ese peso por el blindaje.
Por la parte interna tenía una barra que hacía de asidero, mientras que el desplazamiento y giros se realizaban caminando. O, más bien, empujando.
Ciertamente era un invento, cuanto menos, peculiar, pero a ojos de Simon era todo un vehículo acorazado:
- ¿Cuándo salimos con él? -Preguntó el muchacho, muy animado y dando saltitos de ilusión.
- Primero hay que probarlo. -Aclaró Andrev.
- ¿Y cuándo lo probamos? -Insistió el jovenzuelo.
Andrev sonrió ante la animosidad de Simon. Dijo al fin:
- ¿Por qué no ahora mismo?
Lo subieron por la rampa y lo llevaron junto a la puerta de la calle. Algunos vecinos, que poco o nada tenían que hacer salvo soñar con tiempos mejores, comenzaron a reunirse en torno a ellos, curiosos. Unos preguntando qué era aquello pero, los más, criticando "el aparato":
- ¡Menuda pérdida de tiempo y energías! -Decían algunas voces.
Pero Andrev se fijaba en la ilusión de su ayudante Simon, y eso le facilitaba ignorar las críticas.
Ató una larga cuerda al asidero del interior del extraño cajón, y de un empujón lo hizo salir rodando calle abajo, mientras le advertía por décima vez a Simon que no asomase su cabeza al exterior.
La calle tenía un poco de pendiente, y el acorazado iba rodando, gracias a ello, con lentitud. Hasta que Andrev dejó de soltarle cuerda y lo detuvo. Entonces sonaron varios disparos, que dieron de lleno en el armazón, pero no lo atravesaron. Al verlo, Simon comenzó a saltar gritando:
- ¡Funciona! ¡Funciona!
Fue corriendo escaleras arriba, presa de la alegría, haciendo que varias niñas y niños, más pequeños que él, le acompañasen en su algarabía.
Andrev entonces tiró de la cuerda para recuperar el acorazado, y parecía que todo iba bien, hasta que golpeó con el bordillo de una acera y volcó.
- ¡Tráelo, tráelo! -Le decía Simon, queriendo ayudarle a tirar de la cuerda-. ¡Está blindado! ¡No pasa nada, tráelo!
Andrev le pidió calma:
- Está blindado, pero no está pensado para llevarse arrastrando.
En efecto, acabó perdiendo dos piezas de metal por el camino. Piezas que no podrían ser sustituidas y que tendría que recuperarlas, o intentarlo al menos, durante la noche. Además, había que volver a asegurar y verificar todos los remaches.
Los vecinos, al verlo, volvieron a sus casas burlándose de nuevo:
- ¡Vaya invento! ¡No se tiene en pie! -Argumentaban.
Afortunadamente, ya de madrugada, Andrev pudo recuperar las planchas de metal de la calle. Luego las llevó al sótano y las guardó hasta el día siguiente.
A media mañana ya tenía de nuevo el acorazado completado. Salió, pero esta vez con él mismo en su interior. Simon le rogó acompañarle, pero su padre no se lo permitió. Andrev salió a la calle, metido dentro de aquél cajón de metal. Desde hacía mucho, muchísimo tiempo, que no había podido pasear tranquilamente por el día. Dentro de aquél curioso transporte le hizo recordar sus años en el interior de tanques. Pero no tardaron en sacarle de su ensimismamiento los primeros disparos. Alguno, certero, llegó a abollar el fuselaje. Pero no a atravesarlo. Entonces vio de una esquina cómo partía un grupo de gente. Los francotiradores dirigieron su fuego hacia ellos. Andrev caminó en su cajón también hacia allí. Dos cuerpos cayeron delante de él cuando llegaba. Los esquivó, y abrió la portezuela trasera de su invento:
- ¡Métanse, rápido!
Así lo hicieron apretujándose cuatro o cinco personas dentro, Andrev no estaba seguro de cuantas eran, pero la puerta no podía llegar a cerrarse. No obstante ese era un problema menor: tenían que moverse.
- ¡Tenemos que desplazarnos al unísono y coordinados para poder movernos! ¿De acuerdo? -Explicaba.
Todos respondieron con un sí. Al principio iba bien: a cada orden de Andrev, diciendo: "¡pie derecho!", o "¡pie izquierdo!", iban avanzado muy lentamente. Pero la coordinación no duró mucho. Una lluvia de disparos se estrellaron en el metal, y la gente se asustó tanto al oírlos que hicieron volcar el cajón. Andrev gritaba:
- ¡No! ¡No salgáis! ¡No salgáis!
Pero no le hicieron caso: casi todos corrieron despavoridos. Y fueron masacrados apenas habían dado dos pasos.
Andrev, ayudado por un hombre, puso el acorazado de nuevo en pie, alejándose de la línea de fuego. Caminaron hasta una zona donde pudieron cambiar algunos relojes Vostok por latas de conservas, y regresaron.
Aquél anochecer Andrev se quedó, sentado en el suelo del desván, observando su pequeño aparato blindado. Le había sido útil, pero no podía apartar de su mente el sangriento espectáculo de la mañana.
Al fin dio con una solución para que no volviese a ocurrir: cogió cuatro trozos de gruesa madera, y colocó, mediante bisagras, dos a cada lado del cajón. De esta manera no volverían a volcar: en cuanto se inclinase, las bisagras se abrirían dejando apoyado el acorazado por el costado, sujeto por los trozos de madera. Si eso lo hubiera hecho antes, probablemente podría haberse salvado alguna vida de las que murieron en la mañana. Pero ni siquiera se había llegado a plantear, durante el diseño de su invento, un vuelque de aquel tipo. Por eso era necesario siempre probar cada cosa escrupulosamente
Al día siguiente, Simon, por fin, vio realizado su sueño de acompañarle. El joven vivía el salir a la calle así protegido como una aventura. Recibieron varios disparos, pero no sufrieron daño alguno. Pudieron negociar en los lugares más apartados del barrio, y consiguieron comida. Todo ello podían hacerlo mediante la apertura rectangular del frontal del blindado. Así durante algunas semanas. Podían salir tranquilamente, y ya había muchas personas que les solicitaban sus servicios cuando tenían que acudir a alguna parte o necesitaban transportar cualquier artículo.
Por eso, no era extraño que los francotiradores se comenzaran a hartar. Y, una mañana, comenzaron a dispararles con diferente munición. Con balas de carga hueca, capaces de atravesar aquél blindaje. Fue así cómo mataron a Simon.
Ocurrió un día en el que prácticamente no llevaban ni quince minutos en la calle, cuando Andrev se percató de la situación: un proyectil había atravesado un panel de metal dejando un agujero por el que se filtraba la luz. Andrev gritó hacia Simon, detrás suyo:
- ¡Volvamos! ¡Volvamos!
Pero no obtuvo respuesta. El chico había caído al suelo. Andrev apenas tuvo tiempo de correr y refugiarse en el primer portal mientras el francotirador recargaba su arma. El ex-militar golpeaba con patadas las paredes del portal, poseído por la rabia.
El padre de Simon amenazó con destruirle aquel acorazado si volvía a vérselo. Y a partir de entonces le trataron como a un paria, y no querían ni cruzarse en su camino. Pero Andrev continuó mejorando su invento en secreto: usando ejes más fuertes, mejores ruedas y planchas de viejas cocinas de carbón, creó un modelo capaz de resistir las armas de los francotiradores. No lo hizo por él, lo hizo por el chico. Se lo debía. Mediante los contactos que aún le quedaban en el ejército, consiguió un par de ametralladoras, que montó a cada costado. Y, en cuanto amaneció, salió.
Se colocó frente al primer edificio desde donde le dispararon, sacó por los laterales sus armas, y respondió al fuego. Disparó a las ventanas y a cualquier refugio capaz de acoger a un francotirador. Así lo hizo con el resto. Durante el día aquél no volvió a oírse más disparos en todo el barrio.
Al día siguiente hizo lo mismo, y entonces, desde un edificio, surgió una voz. Era de uno de los francotiradores:
- ¡Eh! ¡Vas a morir!
- ¡No antes que tú! -Le respondió Andrev.
- ¡Eso ya lo veremos! -Dijo el soldado, y, saliendo por un lateral sin fachada, le apuntó. Pero no con su fusil. Sino con un lanzagranadas. Andrev pudo percibir la risa de oreja a oreja que tenía el francotirador. Pero él tampoco estaba desarmado. Disparó y la granada fue a caer a poca distancia del cajón con ruedas blindado. Andrev elevó los pies, agarrándose al asidero, para que la metralla no le alcanzara por debajo. Piedras y tierra cayeron encima del blindado, pero sin dañarle. Aunque uno de los ejes de las ruedas se dobló ligeramente.
Andrev continuó "patrullando" las calles en su curioso vehículo. Nadie se atrevía ya a disparar. A finales de la semana, uno de los francotiradores, una chica, concretamente, se acercó a él enarbolando una bandera blanca, y, desarmada, le coló una nota por la apertura en forma de boca de buzón. Era un papel manuscrito, instándole a enfrentarse a ellos a un día y hora determinada, y saldar las cuentas "de una vez por todas".



Capítulo 4

Andrev llegó allí. A las nueve en punto de la mañana. En la Plaza de la Concordia. Curioso nombre para un enfrentamiento. El chirriar de su pequeño cajón blindado podía oírse desde varios centenares de metros. Llegó a la plaza y se detuvo en uno de los laterales. El ex-militar elevó la repisa metálica frontal para ver mejor. Frente a él, un nutrido grupo de francotiradores, esperaba. Amenazadoramente de pie, y en formación. Luego, como un solo hombre, le apuntaron con sus armas. Uno de ellos, de entre la primera fila, gritó:
- ¡Venga! ¡Sé un hombre!
A pesar del blindaje, de las planchas de acero, Andrev sabía que no tendría muchas probabilidades de salir victorioso. Le dispararían desde todos los sitios municiones de todo tipo.
Pero entonces, detrás de él, se escuchó ruido de motores diesel. Andrev miró por la apertura y vio cómo los francotiradores bajaban sus armas. Una decena de tanques se colocaron detrás del cajón acorazado, con sus imponentes cañones apuntando a los francotiradores.
Andrev sonrió, y se alegró de que acudieran a su llamada sus ex-compañeros.
Los francotiradores echaron a correr. Un comandante de tanque le dijo, desde lo alto de su torreta:
- ¿Qué quieres que hagamos? En teoría, deberíamos estar en plena batalla ahora mismo.
- Esta es nuestra batalla. -Respondió Andrev-. Aquí y ahora. La mejor empresa es defender a los civiles. ¡Liberemos la ciudad!


Fin

| Redacción: © Bia Namaran

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La llamada "Guerra de Chechenia" fueron en realidad dos guerras. Ocurrió del 11 de diciembre de 1994 al 31 de agosto de 1996, en lo que se ha denominado "Primera guerra Chechena", y del 26 de agosto de 1999 al 16 de abril de 2009, conocido este periodo como "Segunda guerra Chechena". Tras la desaparición de la URSS en 1991, se reconoció a Rusia internacionalmente como legítima sucesora de la misma, sin embargo, muchas de sus antiguas repúblicas no pensaron lo mismo y declararon su independencia. Boris Yeltsin firmó en 1992 un tratado (conocido como Tratado de la Federación Rusa) que reconocía entre sus repúblicas al Gobierno central ruso, pero las repúblicas autónomas de Chechenia y Tartaristán se negaron a firmar dicho tratado. Yeltsin se negó a realizar más negociaciones, y en diciembre de 1994 envió tropas a la capital, Grozni, para tomar el control. Los soldados rusos, en parte desmotivados por una guerra que no entendían, y en parte debido a la feroz resistencia de la república, no pudieron doblegar al enemigo, a pesar de su palpable superioridad.

Tras las elecciones de 1996, el nuevo mandatario ruso Aleksandr Lébed firmó un cese el fuego, al que seguiría un tratado de paz firmado en mayo de 1997. Pero el 26 de agosto de 1999 Rusia decidió saltarse el tratado, y volver a iniciar la guerra para derrocar al gobierno checheno, debido a que éste había invadido su vecino Daguestán. De las 50.000 bajas chechenas que generó este segundo conflicto, la gran mayoría fueron civiles.

1 comentario :

  1. Parece mentira el que se quejaba de que sus historias no tenían ritmo, y las mías sí! La temática no es de mis favoritas, pero la narración se lee muy bien, y es muy dinámica.

    Me gusta la "innovación" de la nota al final, poniendo al lector en el contexto de lo que ha leído.

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