
El pasado verano en una de mis salidas en bicicleta tuve un grave accidente. De hecho, tal es así que decidí dejar la bici de lado, y no volver a usarla, hasta el punto que, a pesar de que le había cambiado sus componentes a mis gustos y por otros de calidad (unas bielas y platos Shimano Acera, con plato grande de 44, mi preferido, entre ello), y que me había gastado varios cientos de euros en su actualización, la vendí -con la ayuda de mi hermano, no estaba yo por la labor...- por unos 70 €, si no recuerdo mal.
El caso es que a pesar de llevar andando en bicicleta más de veinte años, cometí un error de los más tontos: atravesé un paso de ferrocarril a nivel con las ruedas en paralelo, en lugar de "cortando las vías", como se debe hacer. Eso, unido a que era muy temprano (en torno a las ocho de la mañana) y que las vías estaban empapadas de la helada nocturna, hizo que en un milisegundo diera con mis huesos en el suelo. Para más desgracia, en el asfalto -que era en pendiente- había unas piedras de gravilla, por lo que me dí de lado contra ellas. Yo no soy alto, pero las ruedas de mi bici sí que lo eran -unas de 28-, así que el golpe fue bastante descomunal. Da igual que te preparen para situaciones como éstas, que te digan cómo o dónde caer, lo cierto es que la caída en una bicicleta (o moto) es tan rápida que apenas tienes tiempo de reaccionar. Yo, desde luego, no lo tuve. Y eso que solía entrenar caídas en mis tiempos de entrenamiento de artes marciales. Pero da lo mismo. El impacto no te lo esperas, y estás en el suelo en menos de lo que tarda un abrir y cerrar de ojos.