
No me gustan los perros. Prefiero -con mucho- los gatos, pero al parecer en estos últimos años hay una fiebre de familias con hijos que tienen perros abrumadora, no se si es moda, la televisión, o que tienen pocos problemas y quieren más. Y es que si además del cuidado de niños, se suma el cuidado de un perro, pues es lógico que a los pocos años acaben cansándose y acaban los animales... Como acaban.
Cada día, cuando tengo tiempo (y ganas) suelo desviarme algunos metros de mi camino habitual, y me adentro en una urbanización abandonada. El ayuntamiento empezó a construirla, a dotarla de servicios, y le sorprendió la crisis del ladrillo, dejándola a medio hacer. Hoy es hogar de ratas, trapicheo y gamberros. Es un sitio algo peligroso (está muy solo y, además, han llegado los "amigos de lo ajeno" a quitar cableado de las calles, por lo que hay sitios que son auténticas trampas), pero la quietud y soledad que allí se siente me encanta. Eso debió pensar un perro, un ovejero con bonita piel moteada, que ha hecho de aquel lugar su asentamiento. Es un perro inteligente que me ve y "pasa de mí", y yo paso de él (no quiero saber nada de perros), pero probablemente hacía no tanto, cuando era un cachorro, formaba parte protagonista de un hogar, un "dulce hogar" donde seguramente era el centro de atención. Pero claro, ha crecido, y ahora es un perro de mucho cuidado.