6.1.17

Nunca abandones. Capítulo 6




Un relato de Bia Namaran.


Sí, teníamos derecho, por supuesto. Pero no sabía hasta qué punto eso resultaría peligroso. La parsimonia de Kená me inquietaba, y a la vez me asombraba. Con él todo era de esperar, ¡hacía las cosas tan fáciles! Desconocía qué intrincados caminos de la vida le habían llevado hasta aquella situación, tal vez había sufrido duras experiencias que le llevaron a ponerse una máscara como un caparazón para proteger su personalidad. Aquella mañana lo encontré dormido sobre el suelo del gimnasio, ¡se había pasado toda la noche entrenando! ¿Tanto tiempo llevaba sin practicar sus katas, que una vez que tenía la oportunidad lo prefería a descansar?

Cuando yo me desperté, encontrándome de cara a la ventana y viendo desde mi cama las hojas de los quejigos batirse con el aire, no podía creérmelo. Me costó hacerme a la idea de que nada había sido un sueño.




El doberman había desaparecido; me puse una elegante blusa y un pantalón que encontré en el armario -un ropero realmente bien surtido- y que me iba a la perfección. Me recogí el pelo con un amplio turbante elástico, y bajé a la cocina.

Me encontraba preparando un desayuno cuando, de repente, me sobresalté. Llamaron a la puerta...

Capítulo 6

El timbre repitió su toque insistentemente; Kená apareció, para la salvación de Saphir, por el pasillo, y le indicó con un gesto que se tranquilizase. En un movimiento hacia atrás de ambos brazos, dejó caer su abrigo al suelo y abrió la puerta. Tras ella estaba un hombre con mono de trabajo, que habló mientras el budoka desenvolvía una pieza de chicle:
- ¿Dónde está el perro?

Kená se señaló a sí mismo.
- ¿Lo tiene usted?
El joven asintió.
- ¿Están al mando de la casa?
Volvió a asentir, con una sonrisa.
- Entonces, ¿quiere que haga algo en particular?

Sin dejar su sonrisa, el mendigo le tocó el hombro y le indicó moviendo su mano que podía marcharse.
- ¿Está seguro?
Asintió por tercera vez como respuesta, ahora el del mono sonrió también:
- Gracias, señor. Que tenga un buen día.

- ¿Por qué hablas sólo conmigo? ¿Por qué te empeñas en que te llamen "el mudo"?
Después de las preguntas del operario, Kená se enfrentaba a las de su amiga que en la cocina le inquiría sobre su forma de actuar.
- ¡Por qué, por qué...! Yo soy así, ¿vale?
- No, no vale. -Lo siguió la joven hasta el amplio salón -. Te pones defectos sin tenerlos.

El mendigo sentóse sobre un blanco sofá, frente a una pequeña mesilla de cristal con patas de color áureo. Al fondo, las cortinas de seda salvaje se balanceaban sutilmente. La chica se quedó de pie, sobre una bonita alfombra azul.
- Es algo personal. Si hablé contigo fue por intentar ayudarte.
- Pero entonces, si es una elección personal, ¿cómo es que puedes romperla cuando te apetezca?
Kená sonrió:
- Las personas están primero. Aunque el compromiso obligue. A veces es mejor callar -continuó- y en el ambiente en que he vivido, eso era una virtud. Tal vez me he acostumbrado.

Ella se colocó a su lado, lo miró durante algunos instantes para al fin decir:
- De acuerdo, vale, muy bien... No te voy a obligar a cambiar nada. Comprendo lo que dices, yo procedo de un mundo paralelo a ese.


Capítulo 7
- Han puesto un buen precio a vuestras cabezas.
- Que no te corroa la avaricia. -Le decía Saphir al Tati, un conocido por el que pasaban muchas cosas, entre ellas noticias, que era lo que buscaba la chica. Partió algunas pipas entre sus dientes, y mientras masticaba su contenido preguntó:
- Vamos, Tati... ¿Cuando llegará?

Kená se mantenía detrás de la mujer, ahora sin su habitual abrigo: su nuevo look lo formaban unos negros pantalones de tactel, zapatillas deportivas, y cazadora marrón, todo ello extraído de "su nueva" vivienda.
- Vamos chicos... ¿De verdad queréis hacerlo? Parecéis "maderos"... Y yo no soy vuestro confidente.
- Tú me conoces...
- Ok, vale, muy bien. Si queréis morir, adelante, pero yo no tengo la culpa, ¿eh? El cargamento estará en los muelles sobre las seis.

Kená tocó la espalda de la joven, realizando un gesto con su mano abierta y preguntando elevando sus hombros. Ella se volvió al "correo":
- ¿Cuántos? -Preguntó.
- ¡No lo sé! Yo no sé esas cosas. Van a venir con el "jaco" de Galicia, creo, los "camellos" están "cortando" por aquí con todo, ¿sabes? Hay escasez, y cuando eso sucede los nervios están a flor de piel. Así que la mercancía va a ser bastante. -Tati se detuvo en este punto, para aspirar por su nariz y mirar hacia todos lados, nervioso-. Si me ven... Si me ven hablando con vosotros lo tengo claro.
- Venga, continúa, hombre. Dinos lo que sabes, y vete -. Lo animó ella.
- Irán a recogerla "los Turcos"... Los distribuidores se están frotando las manos, llega "polvo" nuevo.
- Y bueno.
- Cuando esté en la calle ya no lo será, aunque mejor de lo que circula ahora, por supuesto.

El Tati suspiró, sin dejar de moverse nervioso. Tenía unas ganas increíbles de alejarse, pero Saphir aún tenía una pregunta más por hacerle:
- ¿Lo sabe "la pasma"?
- ¿Bromeas, tía? ¿Quién va a ser el estúpido que se lo diga? Esos solo pueden darnos las gracias.
- Ya. -Dijo la joven de pelo rubio, volviéndose hacia Kená y dando por terminada la charla. Tati escapó de ella como alma en pena.
- Nos harán madrugar. -Bromeó Kená.


Saphir no tenía ganas de muchas bromas. Sacándose unas gafas de sol totalmente negras de su bolso, se las puso y preguntó suavemente:
- ¿Podrás con ellos? -Y, sin esperar respuesta, añadió -, hablamos de automáticas, de algo más que delincuentes callejeros de poca monta.
- ¡Bang, bang!, y todo eso. -Sonrió su interlocutor -. ¿Estás de guasa? Si actuamos con cautela podemos hacerlo.
- Nos va a hacer falta algo más que suerte y cautela, ¿verdad?

El joven pasó su brazo por encima del hombro de Saphir, y comenzaron a caminar despacio por la acera:
- Estamos aquí para eso, ¿no? -Dijo él-. No nos vamos a volver atrás ahora. Es lo que acordamos.
- Aún no es tarde. -Opinó ella.

El chico casi le dijo al oído:
- ¿No eras tú la que decías soñabas con esto?

Ella sonrió, volviendo a buscar en la bolsa nuevas pipas:
- Sí, muy bien. De acuerdo.

Continuará...
| Redacción: © Bia Namaran

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