
Recuerdo cuando hace unos años llevaba conmigo un smartphone. Creo que no me duró ni una semana ese móvil. Cuando lo encendía, tenía que esperar tres o cuatro minutos a la carga completa del sistema operativo, y cuando quería recurrir a cosas como su cámara de fotos o de vídeo, tenía que mantenerme un rato esperando a que ésta estuviese activa y operativa.
Admito que soy de la tecnología antigua. No me refiero a la tecnología mecánica, sino a la tecnología digital de los ochenta y principios de los noventa, aquella programada en ensamblador, aquella súper eficiente, que casi no hacía uso de librerías (y si lo hacía también eran muy eficientes), ni intérpretes, ni máquinas de pseudocódigos ni código interpretado.