
Imaginaros que vais a un quiosco a compraros un periódico hoy. Por unos dos euros, os dan un trozo de papel plegado de más o menos extensión, y con más o menos páginas. En su esencia, es lo mismo que, básicamente, obtenían a mediados del siglo pasado por unas pocas pesetas, o a principios de siglo por unos centavos. Apenas ha cambiado el medio ni el soporte.
En ese ejercicio de imaginación, suponed que vais dentro de cinco, diez o quien años a ese mismo quiosco. El periódico cuesta -por la inflación, la subida de precios, etc.- ahora diez o veinte euros. Pero, además, vuestras manos ya no sirven para pasar las hojas. Si intentáis hacerlo, cada vez que os ponéis a ello os cuesta un mundo, como si levantaseis bloques de concreto (hormigón en España), de manera que, antes de acabar de leer las primeras hojas, lo tiráis a la papelera más cercana que encontráis, desilusionados. Para leer su contenido, necesitáis adquirir unas manos nuevas en el mercado, y unas gafas especiales para disfrutar de una lectura rica en contenidos y animaciones pero que, con vuestros ojos normales, no veis. Si lo intentáis, solo veis "sombras".