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16.12.17

Actualizarse sí, actualización no, la encrucijada de Internet


Imaginaros que vais a un quiosco a compraros un periódico hoy. Por unos dos euros, os dan un trozo de papel plegado de más o menos extensión, y con más o menos páginas. En su esencia, es lo mismo que, básicamente, obtenían a mediados del siglo pasado por unas pocas pesetas, o a principios de siglo por unos centavos. Apenas ha cambiado el medio ni el soporte.

En ese ejercicio de imaginación, suponed que vais dentro de cinco, diez o quien años a ese mismo quiosco. El periódico cuesta -por la inflación, la subida de precios, etc.- ahora diez o veinte euros. Pero, además, vuestras manos ya no sirven para pasar las hojas. Si intentáis hacerlo, cada vez que os ponéis a ello os cuesta un mundo, como si levantaseis bloques de concreto (hormigón en España), de manera que, antes de acabar de leer las primeras hojas, lo tiráis a la papelera más cercana que encontráis, desilusionados. Para leer su contenido, necesitáis adquirir unas manos nuevas en el mercado, y unas gafas especiales para disfrutar de una lectura rica en contenidos y animaciones pero que, con vuestros ojos normales, no veis. Si lo intentáis, solo veis "sombras".

27.9.17

¿Estamos hartos ya de todo?


Lo que cada vez me resulta más evidente y obvio es el hartazgo que, por lo general, tiene la gente. Ya hay pocas cosas que les impresionen, poco que les haga vibrar y que les llegue al corazón. Me estoy refiriendo a los medios de comunicación, en donde esto queda muy patente.

Hace ya bastantes años, recibía una humilde revista de poesía, hecha a mano y con sus hojas escritas a máquina. En ella colaborábamos asiduamente poetas, y recuerdo la ilusión que me producía verla en el buzón. Hoy en día con internet tenemos a nuestra disposición tal cantidad de periódicos, blogs, magacines y páginas, que ya no les damos ninguna importancia, por mucho empeño que pongan sus autores en realizar una publicación de calidad.

21.7.17

¿Por qué los que estudian en colegios "de curas" acaban odiando la religión?


Durante estas vacaciones muchos serán los chavales que se inscribirán y pasarán (o habrán pasado ya) algunas semanas en campamentos de verano (o de invierno) organizados por órdenes y/u organizaciones religiosas. Los claretianos, salesianos, y muchas diócesis, organizan ese tipo de campamentos en donde, a primera vista, todo el mundo sale ganando: los chavales se distraen, a los padres se les quita un peso de encima porque así pueden tenerlos ocupados en unos meses en los cuales no hay colegio, y los organizadores se sacan un dinero, que nunca viene mal.

El problema es que, la mayoría de esos campamentos -sino todos, al menos todos los que he visto- apenas se diferenciarían de cualquier otro campamento secular organizado por cualquier asociación de lo más pintoresca. Campamentos que podrían ser aprovechados para la salvación, la catequesis, y el crecimiento espiritual de los muchachos, son la mayoría de las veces usados simplemente para fiestas, comilonas, excursiones, bailes, "ligoteos", escarceos, gamberradas y actividades parecidas con el único fin de "matar el tiempo", lo cual no está mal, pero ¿qué diferencia, entonces, un campamento organizado por unos religiosos, de otro cualquiera? En muchos de los casos, nada. No hay ninguna diferencia.

13.1.17

Paredes Ecology, las zapatillas que solo te puedes poner cuando esté nublado


Puedo decir que, de entre todas las zapatillas que he tenido en mi vida, las únicas con las que me he sentido a gusto desde el primer instante de ponérmelas fueron unas Paredes. Yo era un niño, pero recuerdo vívidamente todavía aquella placentera sensación de comodidad, de confortable suavidad, que envolvía mis pies y cada paso que daba era como si caminara entre nubes.

Por aquellos años, finales de los setenta, Paredes era "lo más", y llevar su marca era jugar en una liga aparte. La lucíamos con orgullo y agrado. Imaginaros que me causaron tan buena impresión que aún recuerdo su color, azul oscuro con detalles blancos.

9.12.15

Cerrajeros, los verdugos de la era moderna


Siglos atrás el papel de verdugo, la persona encargada de darle el último castigo a un reo, era un oficio peligroso, hasta el punto que debían cubrirse el rostro con una capucha con el fin de que los familiares o amigos del reo no le reconocieran y se vengaran. La capucha también tenía otra finalidad, muy acorde con los tiempos del medievo en el que ese oficio era de los más demandados, y no era otro que evitar que el condenado a muerte le maldijera.

Hoy ese papel ha desaparecido en Europa, pero también en parte le ha tomado el relevo el oficio de cerrajero.

21.9.15

El Día del Juicio Final está ante ti (pero no te lo dejan ver)


A veces recuerdo con cariño aquella vieja tele. Era una televisión pequeña, de tubo CRT y que incluía además radio AM y FM. Estuvo fiel a mi servicio durante muchos años, incluso realizó algún viaje en vacaciones, y continuaba funcionando sin un solo fallo. Pero de la noche a la mañana enmudeció. La llegada de la TDT hizo posible lo que el tiempo no había logrado: dejarla inservible. Sin posibilidad de añadirle un decodificador (no llevaba salidas de audio y vídeo), recurrir a remiendos de ese estilo no era posible.

"Así son las cosas", "los avances son imparables", se suele escuchar habitualmente cuando comentas estos temas. Pero, ¿qué avances? ¿En qué tecnología de mercado se inventó eso? ¿Quién decidió que tuviéramos que cambiar cada cierto número de meses para seguir agrandándoles sus carteras? ¿Avances en qué? ¿En medicina? Sí, para quien pueda pagarlos, para el pobre obrero estamos peor que en los setenta. Hay tratamientos caros, medicamentos caros, pero por desgracia cada vez es más difícil llegar a ellos para poder aprovecharlos. Y todavía los economistas te dicen que eso no es todo, que aún será peor. Tiempos negros los que nos rodean con tenebrosas expectativas. Te lo pintan todo de color de rosa porque la realidad auténtica no vende, como si fuéramos niños. Y la realidad es más ensombrecedora de lo que jamás nos imaginábamos.

12.9.15

Mi antigua maquinilla de afeitar


Era alrededor del año 1989 cuando mi padre decidió sustituir su maquinilla eléctrica de los años sesenta. Era una Philishave que, hasta entonces, venía usando cada pocos días. Tenía un diseño muy propio de aquellos años, con formas redondeadas, botones en rojo y caja bicolor, con una parte en un tono grisáceo, y otra en uno de los tonos sesenteros más utilizados: color crema claro. Si la sustituyó no fue porque se hubiera averiado, sino porque ya no se encontraban cuchillas para los cabezales.

El caso es que llegó un día y me enseñó una pequeña maquinilla en una caja minúscula de la que me enamoré al instante, porque además de su forma (muy cuadriculada, típica de los ochenta) tenía una gran cantidad de accesorios qie se acoplaban dentro de la propia máquina, lo cual favorecía el transportarla a cualquier sitio, ya que era un modelo compacto, de viaje. Por ejemplo: la tapa de cierre hacía de protector, e incluía un espejo pequeño y, debido a su diseño y a su forma, la podías apoyar sobre una superficie y usarla para verte mientras te afeitabas. En la parte inferior incluía una ranura muy bien mecanizada en donde se insertaba un cepillo de limpieza. Es decir, que podías coger la maquinilla e irte con ella sin necesidad de tener que cargar con nada más. La máquina de afeitar funcionaba con dos pilas AA, que se incorporaban a los lados, un diseño genial porque se equilibraba el peso y se repartía el centro de gravedad al manejarla (las pilas es lo que más pesa en este tipo de elementos).