
No me gusta hablar de dinero, y por fortuna, aunque lo vaya a hacer, voy a hablar del dinero "que me gusta más": el dinero desde el punto de vista estético, el que ya no tiene valor.
El billete que desde siempre más me gusta y uno de los que más me atraen fue el de cien pesetas. Quizá sea por su color un tanto steampunk, el señor flaco -Manuel de Falla- que aparece en la imagen (comparada con la figura "de rancio abolengo" de los personajes y personas del resto de billetes, la imagen de ese anciano me parecía peculiar, un tanto graciosa y hasta emotiva, como esos viejos profesores con paciencia infinita ante sus alumnos). Pero puede que realmente mi atracción por el billete de cien pesetas (que luego sería convertido en moneda con la devaluación, todo un sacrilegio) sea debido a que, cuando era pequeño (estaría en tercero de la EGB) encontré uno tirado, mojado y arrugado en una cuneta, a la salida del colegio. No se por qué no lo cogí (en aquel tiempo cien pesetas era "un dineral"), ni le dije nada a mi madre. Tampoco lo comenté después a nadie. No entendí por qué mi desprecio hacia ese billete tan valioso y hacia todo lo que representaba, y ese desprecio, haber tenido "la osadía" de ignorarlo, con el paso del tiempo se convirtió en una forma de pensar, una actitud hacia el dinero. Quizá por eso ahora tenga para mí ese significado tan especial, y no el monetario.