
Un relato de Bia Namaran.
| Pasé por el pequeño parque y lo vi. Un señor de mediana edad, temblando, sentado en un banco de madera medio podrida, con la mirada perdida. Pasaba desapercibido para todo el mundo, no parecía existir para nadie. En su mirada estaba escrita la desesperación, y lo sabía muy bien porque yo había experimentado bastantes veces esa misma sensación en carne propia. Me acerqué y le pregunté qué le ocurría, mientras me sentaba a su lado. Me miró contrariado: que un extraño se interesase por él era algo nuevo. Le conté que yo había pasado muy malos momentos también, y al cuarto de hora de conversar, ya me estaba contando su tragedia: había tenido que hipotecar su casa para pagar una operación quirúrgica de su hijo, y ahora había perdido a su hijo y estaba a punto de quedarse sin casa. No le pregunté si había acudido a los servicios sociales, o si alguien en su familia podía echarle una mano. Si estaba en esa situación era probablemente porque hasta ese punto ya lo había intentado todo. No era necesario preguntarle esas cosas. Además, yo no soy periodista. |