26.12.16

El fantasma de la Navidad de Astrid Sjoberg


Un relato de Bia Namaran,
a partir de una adaptación del popular cuento de Charles Dickens.


En las oficinas centrales del ASSI Group, en Gotemburgo (Suecia), el ajetreo era constante. El enorme edificio, de moderno estilo, acristalado, albergaba la sede central del poderoso grupo multinacional de Astrid, la gemela de mechas rojas de las hermanas Sjoberg. A ella estaban destinadas las últimas plantas, de hecho el último piso lo utilizaba Astrid como vivienda en algunas épocas de intenso trabajo. Y las últimas semanas de diciembre eran, desde luego, de mucho estrés.

La enorme oficina de Astrid estaba presidida por un escritorio de estilo victoriano, hecho de roble. Aunque antes de acceder a ella había que transitar por un largo pasillo, al principio del cual estaba situado el despacho de Kajsa, la secretaria personal de Astrid.




A diferencia de su superiora, Kajsa era una persona abierta, jovial, y de carácter extrovertido. Quizá por eso la había elegido Astrid, para que pudiera compensar la imperiosa necesidad de aislamiento e independencia que sentía la hermana pequeña de las Sjoberg. La secretaria llevaba ya bastantes años con Astrid, muchos. Antes de ella, la sueca había despedido a una secretaria tras otra (y también secretarios, por cierto), pero Kajsa parecía haber encontrado, o al menos haber sabido interpretar, las necesidades y el reservado carácter de la presidenta del ASSI Group.

Kajsa vivía a las afueras, en un barrio residencial bastante acomodado. Se podía decir que no le iba mal, pero también trabajaba sin descanso para su exigente jefa, la cual nunca estaba contenta con nada, y nada parecía hacerla sentir bien. Tenía dos hijos, ya mayores, uno de ellos ya casado, y también un nieto de poco más de cuatro años. De manera que aquel día esperaba salir temprano, porque tenía que comprarle un regalo para el niño, que visitaría su casa junto a sus padres aquella Nochebuena, ¡y aún no lo había hecho!

No se preocupaba demasiado, porque sabía que las tiendas estarían abiertas todavía y esperaba, también, que al ser Nochebuena su jefa sería algo más flexible. De manera que cuando se acercó hacia el despacho para llevarle unas carpetas con documentos, y vio a Astrid inmersa entre fichas de clientes y atenta a su ordenador, temió lo peor. No era extraño que le saliera una tenue voz al dejar los documentos sobre una mesa auxiliar de cristal:
- ¿Está muy ocupada? ¿Sería posible que saliera algo antes?

Astrid se mantenía inmutable ante el ordenador. Tras unos instantes, donde se percató de que su secretaria continuaba en pie, preguntó:
- ¿Qué dices? Habla alto... No te he oído.
- Tengo que comprarle un regalo a Njord...
- ¿Quién es Njord? - Quiso saber Astrid, absorta ante el monitor.
- Mi nieto, ¿no se acuerda?

Astrid se quedó algo traspuesta, como si intentase recordar. Miró a su secretaria:
- ¿Por qué no se lo encargaste a alguien?
- Pensé... Pensé que hoy podríamos salir algo más temprano, es Nochebuena...

Astrid suspiró. Kajsa insistió:
- Llevamos todo este mes saliendo tardísimo...
- Tenemos mucho trabajo acumulado, sabes que es siempre así en estas fechas. No sé a qué viene eso ahora, Kajsa. - Musitó la de mechones rojos. Kajsa se llevó las manos a los bolsillos de su chaqueta beige, de algodón:
- Lo sé. Pero no soy yo sola, el equipo está agotado...
- Además, me lo dices... Como si no se pagasen las horas extras, hay compañías con empleados que hacen horas extra y no pueden pagarles porque están en quiebra, y se tienen que aguantar. Deberían alegrarse de trabajar para el ASSI Group.
- Sí, señora. Solo se lo proponía por si fuera posible...

Astrid se levantó, y llevó unos documentos hacia un archivador, diciendo con firmeza:
- ¿¡Me ves a mí comprar regalos!? ¿¡Crees que tengo tiempo para eso!? ¿Me ves tomar días libres? ¡Yo soy la primera en venir, y la última en marchar! ¡Y a veces ni eso, a veces trabajo durante toda la noche!
- Ya... - Musitó con un hilillo de voz Kajsa, abrumada. Empezaba a arrepentirse de haberle dicho nada.

- ¿¡Crees que esta compañía se mantiene en pie por inercia!? ¡Nochebuena! ¡Nochebuena no es precisamente la mejor fecha del año! ¡Es cuando más trabajo tenemos!
- No pasa nada... Pediré... Llamaré que le compre algo mi marido, si puede salir antes.

Astrid se sentó de nuevo en su enorme sillón:
- ¡Ve! ¡Sal una hora antes, o dos, o media...! ¡Me da igual! ¡Pero déjame en paz, tengo mucho trabajo!
- Sí, señorita. Gracias, Astrid.
- ¡Adiós!

Kajsa salió con una media sonrisa, mientras cerraba despacio la pesada puerta del despacho de Astrid: ¡Lo había conseguido! Por el pasillo se encontró con una de las administrativas, Dagny, la cual le preguntó, al verla emocionada:
- ¿Te ha dejado?
- ¡Sí! -Exclamó Kajsa, muy contenta.

Por la tarde, cuando se hubo ido todo el personal, Kajsa pulsó el intercomunicador:
- Señorita Astrid, me voy ya, ¿necesita algo?
Se oyó ruido por el altavoz, de movimiento de papeles:
- ¡No! Ve, te lo he dicho.
- Que pase una feliz Nochebuena.
Su jefa no le contestó. Entonces se puso el abrigo, cogió su bolso, y se fue.


Astrid empezó a sentir los ojos doloridos, y decidió hacer un alto. Miró su reloj Eternium Trienius. Eran ya las nueve y media de la noche. Se fue hacia el ventanal, y vio a lo lejos las luces de Navidad adornando las calles, colgadas de los árboles... Caminó de vuelta hacia su escritorio, y cogiendo las llaves y el bolso se dirigió al ascensor privado. La llevó directamente hacia el parking. Allí esperaban su equipo de guardaespaldas. Al verla aparecer, se pusieron en pie y salieron de su pequeña oficina. La saludaron, sin esperar respuesta. Ella entró en su MM Magnus, y el conductor puso el auto en marcha. Los demás miembros de su escolta la siguieron en otro auto detrás de ella.
- Inga -le dijo a la copiloto- déjenme en casa y luego váyanse.
- ¿Está segura?
- Sí, no pasa nada.
- Estará en la casa de seguridad el equipo de guardia, por si los necesita. A las doce habrá cambio de puestos, he modificado los horarios para que todos puedan pasar la Nochebuena con la familia. - Le informó su jefa de seguridad.
- Bien. - Musitó con desgana Astrid, volviendo a elevar el panel de separación de la berlina. Inga y el chófer se miraron, elevando las cejas. Ya conocían la personalidad de Astrid, y no se sorprendían.

Una vez en su casa, la joven empresaria volvió a encender el ordenador, y accedió a la intranet empresarial. Cogió su smartphone, mientras tecleaba sin cesar. Al otro lado de la comunicación se oyó la voz de Kajsa, entre alborotos y ruidos:
- ¡Dígame, señorita Astrid!
- Kajsa... ¿Has pasado los archivos de contabilidad de la P3 que te pedí?
- Sí... - Kajsa reclamaba silencio a su familia.
- No los veo...

Entonces hubo una breve pausa, y Kajsa exclamó:
- Están en mi ordenador...
- Estoy en casa ahora mismo. - Explicó Astrid.

La secretaria hizo un gesto de lamento:
- Es que pensé... Creía que lo miraríamos la semana que viene...
- Quiero hacerlo ya.
- Ah...
- Mira, Kajsa - pidió Astrid -, cuando termines de cenar o de lo que sea que vayas a hacer, te acercas un momento a las oficinas y los pones en la intranet.
- ¿Ahora? - Musitó Kajsa, intentando no mostrarse molesta para que no se enfadara su jefa.
- No es necesario. Cuando termines. Yo voy a estar trabajando toda la noche. Te acercas un momento y lo haces, habrá poco tráfico...
- Iba a venir mi hijo...
- Cuando acabes.
- ¿Cuando acabe?
Astrid suspiró:
- Mira, cuando te dé la gana. Pero quiero ver eso en la intranet esta noche, ¿eso puedes entenderlo?
- Sí... -Respondió la secretaria, con una vocecilla.
- Me alegro. - Dijo Astrid, colgando la llamada.

Einar, el marido de Kajsa, un hombre de aspecto rudo, pero bonachón, con corta barba oscura, miró hacia su mujer:
- ¿Malas noticias?
- Era Astrid...
- ¡No fastidies! ¿Pero qué quiere ahora? Siempre está incordiando.
- Trabaja mucho. -Opinó Kajsa.
- Ya, normal, porque es su empresa. Pero si ella es una esclava de ese imperio que tiene, no tenemos que serlo también los demás.


Astrid se puso en pie, y se fue hacia la cocina. Sacó del refrigerador un plato precocinado, y lo puso en el microondas. A continuación, lo llevó hacia el enorme comedor de mesa rectangular, con bordes ovalados. Mientras esperaba que su comida dejase de humear, tomó el mando y encendió el enorme televisor de Electrada, situado en la pared frente a ella. Una sonriente y dicharachera periodista llenó la pantalla, micrófono en mano:
- ¡Nos encontramos en el centro que la Fundación Sjoberg posee en Gothenburg, donde se va a celebrar la tradicional cena de Nochebuena con los sin techo! En esta ocasión será especial, porque ha sido el lugar elegido para que las hermanas Sjoberg, Ingrid y Etdrid, celebren con ellos esta señalada festividad. Hoy, además, contarán con la presencia de algunos famosos que han querido acompañarlas para darles calor y hacerles más agradable esta entrañable noche a los que lo están pasando mal. Así, están también aquí Phonix, Reidun Hermansen, Marc Dark, y el piloto de Fórmula 1 de la escudería MM Racing, Steven Port.

Ingrid aparecía en imagen, sonriente, acompañada de Etdrid, Phonix, y varios famosos más. La periodista llevó el micrófono hacia ella:
- Es una noche bastante especial, ¿verdad, señorita Sjoberg?
Ingrid elevó su copa:
- Sí, por eso me parece una genial tradición el que la pasemos en uno de los centros benéficos de nuestra Fundación, unos centros que se esmeran mucho durante el año, pero especialmente hoy, para darles no solo alimento, sino cobijo y ayuda a los que lo están pasando mal.
- Y no estarán solos, por lo que veo...
Ingrid sonrió:
- ¡No, ni mucho menos! Hay grandes personas que nos acompañan, que incluso han venido con su familia para pasar todos juntos esta gran noche...
Hermansen, un famoso actor, se puso ante la cámara, gritando:
- ¡Feliz Navidad!
Todos se echaron a reír. Astrid tomó el mando y apagó el televisor, dejándolo luego con desdén sobre la mesa:
- ¡Estúpidos! - Musitó.
Miró hacia su comida. Tomó varios bocados en completo silencio, y luego se puso en pie. Caminó hacia la chimenea, donde de unas llamas ardientes emergía un calor acogedor, y se acercó a un pequeño aparador. Lo abrió, y tomó una botella de brandy. Ella no solía beber, pero mientras dejaba caer una pequeña cantidad en una copa ancha, pensaba: "un día es un día".
Luego, dejó la copa en una mesa pequeña, junto a un enorme sillón de cuero, y se acercó al salón. Buscó entre los libros uno especial. Era el de "Cuento de Navidad", de Charles Dickens, que su padre les solía leer por aquellas fechas de pequeñas. Lo cogió en sus manos. Era una edición nueva, brillante, pero ilustrada, tal como recordaba era la que les leía cuando eran niñas su padre. Volvió a caminar hacia el sillón, y se sentó. Puso el libro en su regazo, iba a tomar un sorbo de brandy, pero decidió no hacerlo. Lo cierto es que tampoco le apetecía mucho leer, le apetecía revisar la contabilidad pendiente, ¡si Kajsa hubiera hecho su trabajo! Se arrepintió de haberla permitido salir antes de tiempo.

Pero no obstante, abrió el libro. Se encontró con una nota suelta. Se extrañó: no recordaba que hubiera dejado nota alguna en aquel libro. De hecho la edición era de reciente impresión. La cogió. En letras itálicas, estaba escrito:

"Tres fantasmas te visitarán esta noche".

Se echó a reír. Se había asustado realmente, pero luego cayó en la cuenta que incluir aquella nota suelta en la edición había sido una buena idea, a quien fuera que se le hubiera ocurrido. Continuó leyendo:
"Uno será el fantasma de las pasadas Navidades. Otro, el fantasma de las Navidades presentes. Y, otro, el de las futuras".
Cerró el libro. Ya había leído suficiente. Decidió dejarlo sobre la mesa, y al hacerlo, el libro se deslizó hacia ella. Frunció el ceño. Empujó el libro, y volvió a ocurrir lo mismo: se deslizó hacia ella, como si la mesa estuviese inclinada. Astrid decidió examinar la pequeña mesa, preguntándose qué ocurría. Pero apenas se había movido, cuando observó que las llamas de la chimenea se habían vuelto verdosas. Eso sí que la asustó. Y la luz de la estancia disminuyó notablemente, hasta quedar el salón en penumbra. Se puso en pie. Sintió deseos de gritar, cuando oyó un ruido. Ruido de pisadas, arrastrándose, que se acercaban. Corrió hacia el teléfono, y al descolgarlo comprobó con horror que no había línea.
Entonces, una voz cascada emergió de la oscuridad:
- Tranquila, niña...
Astrid miró a su alrededor, pero la penumbra le impedía ver toda la gran estancia con claridad.
- ¿¡Quien es usted!? ¡Salga de aquí!
- ¡Sí, ya he salido! ¡Hace mucho, mucho tiempo!
- ¿¡Qué!?
- ¿No lo recuerdas, Astrid? ¿No lo recuerdas?

Astrid gritó. El suelo se había transformado en nubes y cielo, y el techo, en suelo. Una mano huesuda lo señaló:
- ¡Mira, mira arriba! ¡Lo arriba es abajo, y lo abajo, arriba!
La mujer de mechones rojizos reconoció enseguida el paisaje. El edificio. Todo estaba... Todo estaba como antes. Como cuando era niña...
- ¡Es imposible! ¡Adquirí ese colegio, y lo derrumbé! -Dijo.
- ¡Sí, pero eso es ahora! ¡Esto es antes! ¡Antes! -E insistió-. Mira Astrid, ¡mira!

Tres niñas estaban de pie, en un campo con césped mal cuidado. Una de ellas tenía una cara deforme. A su lado, estaba una inmóvil, con un lazo rojo en una cuidada coleta de su cabello, que decía:
- No va a venir. Papá no vendrá, nunca viene.
- ¡Cállate, Astrid! ¡No pongas triste a Etdrid!
- ¡Es verdad, Ingrid! ¡Nos han dejado plantadas! ¡Pasaremos las Navidades aquí!
- ¡No es cierto! -Gritaba Etdrid, yéndose corriendo y llorando-. ¡Papá va a venir!
- ¡No vendrá! -Insistía la del lazo rojo en su coleta.
- ¡Ves, Astrid! ¡La has hecho llorar!
- ¡No vendrá, tontas! ¡No vendrá nadie! -Insistió.

Astrid miraba, con cara compungida, desde lo alto, a las tres niñas, y entonces comenzó a llorar:
- ¡Quítalo! ¡Quita eso! ¡No quiero verlo!

Una anciana, que parecía vestida con sucias y viejas vendas que rodeaban su cuerpo, con cabellos blanquecinos y grisáceos, se acercó a ella:
- ¡No! ¡Mira cómo la haces llorar! ¡Mira, Astrid! ¡Mira!
Etdrid aparecía en su cama, tendida boca abajo. La niña, de apenas ocho años, no cesaba de llorar, sollozando entrecortadamente. Astrid extendió su brazo hacia ella, gimoteando:
- Etdrid, cariño...
- ¡No puede oírte! - Bramó la anciana -. ¡Eso ya es pasado, es pasado, Astrid!

La nieve caía, y las tres niñas, solas en el enorme complejo del internado suizo, veían tras un ventanal el manto nevado del agreste paisaje. Una señora de firme semblante llegó a ellas por el pasillo:
- ¡Niñas! Vamos a clase.
- ¡No hay clase! ¡Es Navidad! - Gritó Ingrid.
- Para vosotras sí. - Sentenció la mujer.


Astrid se arrodilló en el suelo, llorando. La anciana le dijo:
- Y eso no es todo. Ahora verás, verás...
Astrid entonces levantó su cabeza, y la anciana, en un abrir y cerrar de ojos, se transformó en una chica joven, seductora, con un bonito traje ajustado color esmeralda. Su cabello era rubio, brillante. Le tendió un pañuelo a Astrid, amablemente:
- Toma, limpia las lágrimas. Y ponte en pie. Nos vamos.
- ¿A dónde? - Preguntó la presidenta del ASSI Group.
- A la cena de la Fundación, con tus hermanas.

Astrid se detuvo en seco:
- ¡No! ¡No pienso ir ahí! ¡Tengo mejores cosas que hacer que estar en esas frivolidades!
La inesperada chica sonrió dulcemente:
- ¡Tranquila, mujer! ¡Ellos no podrán verte!
Entonces aparecieron en un enorme salón, lleno de gente sonriendo y brindando con copas. Astrid se puso seria:
- ¡Oh, por favor! ¿Y esto es para pobres?
Su acompañante le señaló una mesa:
- ¡Mira!
En ella estaban Phonix, Ingrid, Etdrid, Viq, y varios invitados más, incluyendo a ejecutivos de su propia compañía. Uno de ellos, Jarl, el director general de Storbox, decía:
- Como siempre, Astrid ni aparecerá...
- Seguramente estará todavía en la oficina. -Opinaba otro ejecutivo.
- Habrá que enviarla a un centro de desintoxicación. -Bromeaba Viq. Y añadía-: ¿Quién se lo piensa decir?
Todos se echaron a reír, diciendo:
- ¡Yo, no!
- ¡Yo tampoco!
- Yo, desde luego, no.
- ¡Eh! ¡Que es mi hermana! -Protestó Etdrid-. ¡Capullos!

Astrid se acercó a Etdrid. Intentaba cogerle la mano cariñosamente. Su acompañante le recordó:
- No puedes, Astrid, no te ve.
Ingrid miró hacia su hermana, sonriendo:
- Entonces se lo dices tú.
Etdrid la abrazó:
- ¡Que se lo diga Phonix!

Jarl volvió a intervenir:
- ¿Por qué no dejamos ese tema? O estropearemos la cena.
- Bien, vale. - Apoyó otro invitado.
Astrid miró hacia su bella acompañante:
- ¡Me temen! ¡Mejor!
- ¡No! ¡Te compadecen!
La presidenta del ASSI Group se echó a reír:
- ¿A mí? ¡Que se compadezcan de ellos! ¡No tendrían dónde caerse muertos si no fuera por mí!
La joven le pasó amigablemente el brazo por el hombro:
- Ven, salgamos de aquí.
- ¿Qué quieres, enseñarme cómo se burla más gente a mis espaldas? ¡Los muy cobardes no me lo dirían a la cara!
La joven guía se echó a reír:
- No. Quiero presentarte a mi hija.
- ¿Tu... Hija?
- Sí. - Musitó, y añadió -: Las Navidades que están por venir. La Navidad que está por acontecer.

Todo se tornó oscuro y, cuando la oscuridad se aclaró, apareció una niña jugueteando alrededor de Astrid, dando vueltas sin parar:
- ¡Hola!
Astrid la miraba, siguiéndola con la mirada cómo iba dando vueltas, girando, girando... Sintió marearse, y cayó al suelo. Al abrir los ojos, vio luz, mucha luz. Reconoció enseguida una voz muy familiar: ¡La de su secretaria!
- ¡Cariño, vengo en un momento! - Decía Kajsa hacia su nieto, Njord.
- ¡Corre! ¡No le dejaré abrir el regalo hasta que regreses! -Le decía el padre del niño. Éste, se mantenía expectante, ante varias cajas con bonitos adornos navideños.
- ¿Por qué no lo abre? - Preguntó Astrid. La niña revoloteó por la pequeña salita:
- ¡Tú no le dejaste!
- ¿Yo? - Preguntó astrid.
- ¡Sí, tú! ¡Mala, mala, ¡mala!!
- ¡Cállate, imbécil! - Bramó la empresaria. Decidió mirar a Kajsa , que se despedía de su marido:
- Voy al trabajo a pasar el archivo a la intranet. Estaré pronto aquí; como ha dicho Astrid, no habrá mucho trafico un día como hoy.
- ¿Te llevo? - Le propuso él.
- ¡No! ¿Para qué vas a pasar tú también frio? Quédate aquí con ellos y os entretenéis. - Miró hacia sus dos hijos, que estaban sentados en el sofá, y a su nuera- . ¡Regreso en un ratito!
- ¡Vale, mamá! - Contestó su hijo mayor.

Entonces la niña cogió a Astrid de la mano:
- ¡Vámonos! Esto es triste...
- ¿Es triste? ¿Por qué?
- Porque hay un señor borracho...
- ¿Dónde?
La niña señaló hacia un lado. Astrid miró, y vio un auto acercarse a toda velocidad hacia ella. Las luces la cegaron. La empresaria gritó, pero la niña le tiró de la mano:
- ¡Tranquila, no eres tú!
- ¡Buffff! -Suspiró, llevándose una mano al pecho-. ¡Vaya susto!
- ¡Es tu secretaria! -Aclaró, firme, la pequeña. Y entonces Astrid se vio en medio de un velatorio.
- ¡Silencio! - Dijo la niña, que la llevaba de la mano hacia un ataúd. Astrid se quedó helada: ¡En el estaba Kajsa !
- ¡Cielo santo! -Exclamó la presidenta del Grupo ASSI, con el rostro pálido de la impresión.
La niña apuntó hacia ella. Astrid la miró:
- ¿Qué pasa? ¿Por qué me señalas con el dedo?
- ¡Tú la mataste!
- ¿Qué quieres decir?

Entonces, la niña la acercó a una conversación. Era uno de los hijos de su secretaria, que le contaba a un amigo:
- Iba hacia el trabajo... Se lo había pedido Astrid...
- ¿En Nochebuena? ¡Qué cara más dura tenía su jefa! ¡Y cuanto tenía que aguantar tu pobre madre!
- Era algo urgente... Algo de contabilidad... - Explicaba el chico. Astrid miró, asustada, a la niña:
- ¡Tienes razón!
- ¿En qué? - Preguntó la pequeña.
- ¡Yo la maté!
- Bueno, en realidad la mató un borracho... Pero fue tu culpa. - Aclaró la niña. -Y ahora mira, mira más, más navidades...
Njord, ya con unos cuantos años más, le preguntaba a su padre mientras adornaban un árbol de Navidad:
- Papá... ¿Por qué yo no tengo abuela?
Su abuelo Einar lo miró, y se retiró triste, a un lado. Su padre miró hacia el pequeño:
- No menciones a mi madre delante de Einar, se pone muy triste, cariño. Ya te lo he dicho muchas veces.
- Ah, perdona... - Musitó el niño.
Einar, bastante anciano, salió al portal y, mirando al cielo, lloraba.
- La quería mucho... - Observó Astrid.
- ¿Quieres ver lo que le ocurre al nieto que tanto amaba Kajsa, porque no tiene los consejos ni el apoyo de su abuela?
- ¡No! - Protestó la presidenta del ASSI Group.

Astrid soltó con un veloz movimiento la mano de la pequeña, y entonces oyó un ruido. Se despertó. El brandy había caído al suelo, y la copa de cristal se había hecho añicos. Sobre su regazo, el libro de Dickens estaba empapado. Se puso en pie, cabreada:
- ¡Joder! ¡Mierda!

Cogió el libro, y con ira lo arrojó hacia la chimenea. Empapado de brandy, el libro ardió en un segundo. Pero acto seguido, corrió hacia el teléfono, nerviosa. Al otro lado de la línea, Kajsa respondió:
- ¿Dígame?
- Kajsa, no es necesario que vayas a la oficina, no te preocupes. Miraremos eso la semana que viene.
- No, no importa, iba a ir ya para allá, será un momento...
- ¡No! -Insistió Astrid-. Perdona, no tenía que habértelo pedido. Ha sido un error mío. Está bien así.
- ¿De verdad?
- Sí.
- Ah... Pues... Vale. Gracias.

Antes de colgar, Astrid volvió a acercar el auricular a su oido:
- ¡Kajsa, una cosa más!
- Sí... Dígame, señorita Astrid.
- Mmm... Feliz Navidad. Dele un beso a su nieto de mi parte.

Al otro lado Kajsa sonreía:
- Está... ¿Está usted bien?
Astrid colgó.
Se fue a su habitación. Se cambió de ropa, y salió.


Epílogo
Los jubilosos cantos de entrada, con el Adeste Fideles como colofón, en la misa de Gallo, daban acceso a un breve silencio. La iglesia estaba totalmente iluminada, y la gente permanecía en pie, a la espera de que los sacerdotes se acercaran al altar. Ingrid escuchó unos tacones, y giró su cabeza. Se quedó asombrada al darse cuenta de la persona que acababa de entrar, como el resto de sus acompañantes, Viq, los ejecutivos de su compañía, Phonix, y algunos familiares de ellos. ¡Era Astrid! Su hermana de mechones teal alzó su brazo, agitándolo, para que la viera. Etdrid, al verla, dio unos pasos hacia el extremo del banco y dejó espacio para que se sentase la recién llegada. Al acercarse, Astrid la abrazó. Etdrid le susurró:
- ¡Qué bien que estés aquí!
Ingrid se fue hacia ellas, y abrazó también a Astrid:
- ¡Gracias por venir! - Le dijo.
El sacerdote esperó unos instantes, antes de comenzar la celebración. Astrid cogió con cada mano las de sus dos hermanas, las miró, sonriente:
- Os quiero.
Etdrid le dio un beso en la mejilla:
- ¡Me vas a hacer llorar!
Ingrid le apretó la mano a su hermana de mechas rojas:
- ¡Como en el coro!
Astrid la miró con los ojos brillantes:
- ¡Es verdad! ¡Como en el coro en el colegio, Ingrid!
Y las tres, junto con toda la iglesia, cantaron el Te Deum. Sus voces sonaban angelicales. Como en el coro del internado en Suiza, cuando estaban solas y no tenían a nadie. A nadie más. Pero se tenían la una a la otra.

FIN
| Redacción: © Bia Namaran


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