
Opera fue mi navegador favorito durante muchísimos años. Lo conocí en sus primeras versiones de pago allá por finales de los años noventa, en aquél tiempo era de los pocos navegadores con los que podías entrar a Internet con ordenadores antiguos, prescindiendo un poco de la por entonces pesadísima suite que traía consigo el Netscape Communicator. Imaginaros: Messenger, Compozer, Navigator, un sistema de conferencia, otro de calendario... E incluso se atrevían a meterte cosas como un reproductor multimedia. Cierto que el Explorer aún era válido, pero siempre era comprometido navegar con él, salían agujeros de seguridad cada dos días, así que el Opera era una buenísima alternativa.
Versión tras versión, el navegador Opera añadía más funcionalidades que lo hacían más y más pesado, hasta el punto que llegó a ser insoportable y perdió todas sus bondades iniciales. Sus últimas versiones antes de pasarse a Webkit eran insostenibles, el Presto (el motor de renderizado que usaba Opera hasta entonces) se volvía imposible de manejar, sobre todo si tenías un ordenador con pocos recursos. Además, había perdido la sencillez y fiabilidad inicial y sus opciones acabaron siendo excéntricas, variopintas y, muchas, inútiles.



