3.11.16

Perdición y fracaso de un poeta II: Recuperando un sueño


Un relato de Bia Namaran.


Sigue de: "Perdición y fracaso de un poeta: Me colé en una fiesta".

Tras haberme rescindido el contrato con la discográfica de VAV Records, y prácticamente haberme anulado por completo, de la noche a la mañana me encontré con que todo lo que había tenido, dinero, proyectos, fama... se había ido al garete. Se había quedado en nada. Tampoco me importaba demasiado, porque era bien consciente que todas esas cosas se van de la misma manera que llegan, y que tarde o temprano acabaría pasando. En realidad, nunca las había tenido demasiado en cuenta ni les había prestado atención alguna.

Por fortuna tenía un pequeño terreno en propiedad en una aldea bastante alejada de la ciudad, y a varios kilómetros del pueblo más cercano, en donde había llevado mi caravana. También me quedaba mi coche, el MM Mzero-x, por lo que tenía mucho más que, por desgracia, muchísimas otras personas. De manera que me fui a vivir allí y le di la espalda a todo lo que había conocido: conciertos, espectáculos, giras, ruedas de prensa... Me dediqué a lo mío, escribir mis canciones, algún poema, y ensayar con mi teclado electrónico Electrada.




Durante las primeras semanas me llamaron de algunas compañías discográficas, menos de las que me hubiera imaginado, y con propuestas que no me motivaban demasiado. También me llamaron de medios de comunicación, pidiéndome entrevistas, opiniones, intentando convencerme para algún reportaje... Lo que querían era que criticase al Grupo ASSI, en el fondo o, más bien, que creara polémica con Astrid Sjoberg. No pensaba hacerlo y, además, me encontraba a gusto donde estaba, no me apetecía viajar a la gran ciudad para que me entrevistase la prensa del corazón.

Pero poco a poco eso fue pasando, la gente se fue olvidando de mí, y la mayoría de las páginas web, blogs o grupos en redes sociales que trataban mi música fueron cayendo en el olvido o cerrando. Pasaron cinco, seis meses, en los cuales solamente salía para ir al pueblo muy de cuando en cuando a por provisiones. Nunca necesité mucho para vivir, estaba acostumbrado a tener pocas cosas, y no necesitaba demasiado. Pero un día me llamó. Me llamó Ingrid Sjoberg en persona. Me sorprendió. Aún recordaba mi última conversación con ella, en donde venía a decirme que no la pidiese que se metiera en los negocios de su hermana, de forma que ignoraba para qué iba a necesitarme a mí ahora, si ya no importaba nada para nadie, si ya me estaban olvidando, que era lo que yo más deseaba. Caer en el anonimato y que solo hablase por mí, tal vez, mi música.

Tras preguntarme cómo estaba e interesarse un poco por mí, me pidió:
- Necesito que viajes a Barbados, y traigas a mi hermana Astrid contigo.
Me eché a reír. Me eché a reír durante un buen rato a carcajada suelta, a pesar de que no escuchaba reírse a Ingrid, cosa rara porque normalmente era muy simpática y siempre estaba bastante jovial. Así que, cuando terminé, dije:
- Perdona, perdona Ingrid...
- ¿Ya has acabado?
- Sí, perdona... Es que me resulta muy gracioso que me digas eso, cuando tu hermana me ignoró completamente. Además, ¿qué hace ella en Barbados, si puede saberse?
- Está allí con Reidun Hermansen, ¿sabes quién es Reidun?
- Ni idea. - Respondí.
- Es un actor noruego.
No acababa de ver qué pintaba yo en todo aquello:
- ¿Y? Pues... Yo que sé... ¿Felicidades?
- Desde que te fuiste... Bueno, desde que te echó, mi hermana está... Cómo decírtelo... Inestable. Necesito que entres en su vida, más bien lo necesita ella, aunque no lo quiera reconocer. Tú le aportas equilibrio.
- Mmm... Has dicho... ¿Inestable? -Me volvía a salir la risa floja-. ¡Venga, Ingrid!
- Escucha, Phonix, he discutido con ella... Nunca discuto con mi hermana, son muy contadas las ocasiones que nos desentendemos, pero hace una semana estuvimos hablando en Bothnia. Sé que quiere que estés cerca de ella, y le dije que por qué no intentaba hacer las paces contigo, si es lo que quería, pero se negaba a ver y a darse cuenta de que te quiere a su lado.

Suspiré. No me podía creer lo que estaba oyendo, ¡y más aún de alguien como Astrid! ¡Astrid, que parecía no importarle nada! Ingrid me continuó explicando:
- Está tomando pastillas, ansiolíticos, y nunca había necesitado mi hermana ansiolíticos. Nunca había salido con famosos, ¡y se ha ido con Reidun!
- Ingrid, creo que es mayorcita, además, ¿qué narices voy a hacer yo?
- Solo que entres en su vida, Phonix. Te necesita para tener estabilidad. No me preguntes cómo ni qué efectos causas en ella, pero si la quieres deberías ir a buscarla. Por favor.
- Llevo seis meses aquí, no soy de los que no saben marcharse cuando una chica les dice que no, ¿sabes? Yo no voy detrás de nadie.
- ¿Ahora también eres soberbio?

No sabía cómo hacerle ver mi punto de vista:
- Buf.... Ingrid, cielo, lo haría si me lo pidiera ella...
- Ella no lo va a hacer. ¡Te lo estoy pidiendo yo! Pero hazlo por ella. Sólo entra en su vida, solo te pido eso, no te escondas en... En a saber qué agujero habrás estado metido... ¡Solo entra en su vida! Eso la ayudará. No te pido demasiado, ¿no?
- No voy a sacarla de las garras del... ¡Del Hermansen ese! Así que dime cómo voy a hacer que salga de allí. Es más, cada vez que lo pienso, menos me gusta esa idea.
- Vale. Perdona por haberte molestado.

Di un salto desde la puerta de la caravana al suelo:
- ¡Espera, espera! Tengo una idea... Le pediré trabajo, así de sencillo. Y está. Pero ir a Barbados no es precisamente barato...
- No te preocupes, ve al aeropuerto. Te preparo un vuelo, te envío los datos al correo. En el aeropuerto te dejaré una tarjeta de crédito a tu nombre. El Grupo INSI posee un hotel allí, tendrás una habitación esperándote.
- De acuerdo, Ingrid. Pero si sale mal o lo estropeo, no me culpes.
- Solo quiero que lo intentes. Quiero que Astrid vuelva a ser la de siempre.
- ¿Y ahora qué es?
- Ahora está totalmente perdida.


Tomé el avión hacia Barbados y luego dejé mis pertenencias en el hotel. Ingrid no había escatimado en gastos: el hotel era realmente lujoso, y la suite que estaba a mi nombre era espectacular. Alquilé un automóvil de MM y me dirigí hacia la dirección donde estaban Astrid y Reidun, una pequeña mansión a las orillas del mar, en una colina con un robusto muro de piedra alrededor. Supuse que no iba a llegar y decirle: "¡Hola Astrid, aquí estoy!", pero tampoco sabía muy bien qué hacer. Y espiarles no era precisamente algo que me motivase demasiado. Pero había algo que a Astrid le encantaba: el trekking. Y si había una ruta de senderismo cercana, ella estaría por allí. Miré las rutas que había en las guías turísticas, y entre ellas había una de casi diez kilómetros. La distancia que le encantaba a ella, entre seis y doce kilómetros. De manera que solo tuve que esperar. Y una mañana aparecieron varios automóviles con guardaespaldas. Todos eran de MM. Me fui en mi auto hasta el final de la ruta, y salí del coche. Cuando ella apareció, yo ya estaba de pie. A su lado estaba un tipo alto, bien parecido, de cabello claro. Era Reidun Hermansen. Yo pasaba desapercibido para ellos, excepto para Astrid. Me vio enseguida. Esperé, de brazos cruzados, apoyado en un lateral del coche a que se acercase a mí. Y tras decir algo a sus escoltas y a Reidun -conociéndola, que la dejaran en paz, seguramente-, llegó frente a mí:
- ¿Quién te ha dicho que estaba aquí?

Empezaba su saludo como una reprimenda. Sonreí al notar que, realmente, no parecía haber cambiado tanto.
- Hola, Astrid. Bonita ruta, ¿verdad?
- No me has respondido. Odio que me sigas. Creía que todo había quedado aclarado.
- Puedo... ¿Puedo robarte un minuto, por favor? -Le supliqué. Suspiró, fingiendo hastío, pero miró hacia sus acompañantes y les dijo:
- Vuelvo en un rato.
- ¡Astrid, cariño...! -Hizo ademán de decir Reidun, pero ella le cortó:
- ¿Te has vuelto sordo o idiota?

Casi se me escapa la risa. Subí al coche y ella se sentó a mi lado. Puse en marcha el motor y tomé la carretera:
- ¿Cómo te has pegado a ese? Creía que no te iban los famosos...
- Tú eras famoso... O al menos eso parecía.
- Pues por eso lo digo.
- ¿Ahora qué eres? -Decidí no responder a eso. No obstante no hizo falta, por fortuna ella continuó hablando-. Tengo curiosidad por saber qué narices haces aquí.
- Pues... -La miré. Ella seguía mirando al frente, seria-. ¿Tendrías un trabajo por ahí?
- ¿¡Qué!? -Eso sí que la dejó impactada.
- Necesito... De lo que sea... Aunque sea para cortar el césped de tu casa...
- ¡No te daría un trabajo, ni de limpiador de cristales! ¡Y menos en mi casa!
Tragué saliva:
- Ah... Vale. Supongo que estarás muy ocupada buscándole papeles para encajar en alguna película de Foome Productions a Reidun...
- Pero... ¿Qué piensas que eres?
Me encogí de hombros:
- ¡Creía que no salías con famosos! ¡Vamos, mírate! ¡Astrid, Astrid Sjoberg! ¡La mismísima Astrid Sjoberg, saliendo con un actor! ¡Pero si odiabas salir en la prensa rosa!
- Yo no odiaba salir en la prensa rosa, odiaba salir con invenciones sobre mí.
- Bueno, que ahora tengas como pareja a ese actor no es una invención.
- ¡No es mi pareja! ¡Es un amigo íntimo!
- ¿Amigo íntimo? ¿Ahora se llaman así? -Me eché a reír-. ¿Desde cuando se lleva a un amigo íntimo a un viaje a Barbados?
- ¡Porque lo necesitaba!
- ¿Tú o él?
- ¡No tengo por qué darte explicaciones, joder! -Protestó. Detuve el coche en el arcén y la miré, muy serio:
- ¿¡Amigo íntimo!? ¡Jamás habrías permitido que, fuera de tus hermanas, nadie supiera nada de ti! ¡Y mucho menos jamás tolerarías a nadie de amigo íntimo! ¡Ni ese, ni yo, ni nadie! ¡Sólo amigas, e íntimas, eran tus hermanas! ¡¡Astrid solo tenía confianza en ellas!!
- ¡No me grites! ¡Y de ese trabajo ya puedes irte olvidando!
Puse las manos en el volante:
- De acuerdo, de acuerdo... Relajémonos...
- Ya no quiero seguir hablando contigo. Volvamos.
- Vale.

Dejamos de hablar. Tomé la carretera de vuelta al aeropuerto. Cuando ella se dio cuenta que no regresaba hacia atrás, me increpó:
- ¡Creía que había dicho que volviésemos! ¿¡Ahora estás sordo!?
- Te estoy haciendo caso, lo he oído. Estamos volviendo. Volviendo a Suecia.
Me miró. No dijo nada. Solo me miraba. Cogió su smartphone e hizo una llamada:
- Hola, soy Astrid. Necesito tomar una plaza para un vuelo a Suecia, desde Barbados...
- Dos. - Puntualicé.
Me miró de reojo. Se recostó en el asiento, acomodándose la melena:
- Dos plazas. Oye, haz que recojan mi equipaje y lo envíen, por favor... Vale, gracias.
- Estaba...
Puso una mano ante mí:
- ¡No me hables! ¡No digas nada!
Entonces dije, en voz más baja, y más despacio:
- Que estaba pensando que en lugar de a Suecia podríamos ir a Miami...
- ¡A Tegucigalpa, no te fastidia!

Me costaba esfuerzos tremendos evitar soltar una carcajada:
- Piénsalo, Astrid. En Miami hay varios hoteles de Motelam, podríamos pasarnos unos días allí de lo lindo. En lugar de coger un avión y pegarnos una paliza de vuelta a Europa...
Lo decía porque no me apetecía regresar de nuevo, después del largo viaje hasta Barbados. Ella no decía nada. La miré:
- Tú y yo. Solos.
Hizo una mueca de sonrisa:
- ¡Menuda compañía!
Cogió su smartphone de nuevo:
- Kajsa, cambia los planes. Volamos hacia Miami. Sí. (...) Ah, vale, ahora la llamo. Gracias.

Colgó la llamada y marcó otro número. Nada más verla sonreír, intuí quién sería:
- ¡Hola, Ingrid! (...) Estoy llegando al aeropuerto, ¿has ido a Bélgica, al final? (...) Sí, está aquí, conmigo... (...) Lo sé, no, tranquila.
Cuando acabó de hablar con su hermana, decidí preguntarle:
- ¿Qué era eso de "lo sé"?
- ¿El qué?
- ¿Por qué respondiste "lo sé"?
Hubo un tenso silencio de varios segundos. Finalmente musitó:
- No me da la gana decírtelo.
Detuve el coche ante un semáforo, y aproveché para extender mi brazo y cogerle la mano a Astrid. Nunca había hecho algo así, pero lo hice. Y se la apreté, diciendo:
- Eh, ¡eh! Estoy aquí...
Ella no dijo nada, y el semáforo volvió a ponerse en verde, así que le solté la mano. Pero el hecho de que me dejara cogérsela ya era un logro enorme para mí. Cuando entramos en la carretera hacia el aeropuerto, me dijo:
- Reidun... No...
No quería hacerle pasar ese mal trago, además, ella no estaba acostumbrada a mostrar sus sentimientos:
- Ya. No pasó nada y tal... No tienes que darme explicaciones.
- Eso, no tengo por qué dártelas.
- Pero gracias.
Aparqué el coche frente al rent a car de Ten Place. Apagué el motor y, antes de salir, dije:
- ¡Alucinante! ¡Voy a viajar con Astrid Sjoberg!
- Pareces tonto, ni que fuera la primera vez que lo hayas hecho...
- Pero no solos.
Tras devolver el auto, caminamos hacia la terminal.


Subimos al avión en un vuelo convencional, aunque nos llevaron a la clase business. Allí dejé a Astrid sentarse junto a la ventanilla, mientras yo iba a su lado. Le pregunté:
- Supongo que no has hecho esto muchas veces. -No decía nada, continuaba absorta viendo las nubes-. Me refiero a coger y largarte, sin más...

Ella no era una buena compañía, de hecho para nadie era fácil viajar con ella, y yo no iba a ser una excepción, desde luego.
Y como ella no decía nada, y ni siquiera parecía prestarme atención alguna, decidí seguir hablando yo:
- Estos últimos meses... No me he sentido tan mal, ¿sabes? Me ha encantado volver a ser anónimo, y he descubierto que en realidad hay poca gente a la que le importe... Bueno, a casi nadie le importo, aparte de mi mánager... O ex-mánager, después de las primeras semanas todo el mundo se olvidó de mí. Solo me he sentido mal... Me he sentido mal por no poder saber nada de ti, creía que me llamarías... Bah, bueno, déjalo, es tontería...
Miró hacia mí brevemente:
- ¿Y por contratar gente a mis espaldas no te sentiste mal?
- No digas eso. Sabes que no haría nada que te dañase... Solo intenté ayudar a través de mi contactos en el ASSI Group a personas que de verdad lo necesitaban, nada más.
- ¿Nada más? ¿¡Nada más!? ¡El ASSI Group no está para eso, si quieres hacer obras de caridad hazlas tú, no las hagas corriendo yo con los gastos! ¡Eso no es ayudar, es entorpecer! ¡Y para ayudar en ese aspecto ya creamos mi hermana y yo la Fundación! ¡Joder, eres penoso! ¡Prefiero no pensarlo porque me dan ganas de tirarme de este avión!
Decidí dejar un rato de silencio. Y luego dije:
- Te pareces a tu hermana Etdrid...
Me miró, seria:
- ¡Tú no sabes nada de Etdrid! ¡No digas gilipolleces!
Y seria y malhumorada, se levantó yéndose hacia los aseos. Una azafata se acercó:
- ¿Quieren tomar algo?
- Traiga un refresco de pomelo y sandía para ella, por favor. Y para mí un té. Muchas gracias. Y algo para picar.
- Sí, de acuerdo.

Astrid regresó cuando ya teníamos allí las bandejas con los refrescos y unos snacks. Sin mencionar palabra, bebió un trago y volvió a quedarse mirando hacia las nubes. Le pregunté:
- Astrid...
No dijo nada. Insistí:
- Astrid, cielo...
- ¿¡Qué!? - Respondió, sin mirarme tan siquiera.
- ¿Estás bien?
- ¡Vete a hacer puñetas!
Sonreí.
- Gracias por venirte conmigo... -Musité.
Entonces, se giró, y me miró. No dijo nada, pero me miró. Sonreí:
- ¡Odio que hagas eso!
Siguió sin decirme nada, así que añadí:
- No te enfades conmigo, anda... -Y me acerqué a ella, puesto que al volver ella se había sentado frente a mí-. ¡No sé qué haría sin ti!
- ¿Te pidió mi hermana que vinieras?
Me quedé boquiabierto. Me sorprendió totalmente aquella pregunta, y entonces recordé que estaba frente a una de las magnates más poderosas del planeta. Y era por algo. Insistió:
- ¿Te pidió mi hermana que vinieras?
Me acerqué más a ella. Y susurré:
- Tú das estabilidad a mi vida.
- Sí, claro. Cualquier cosa con tal de no responderme, ¿verdad? No es una pregunta tan difícil.
- No me abandones, Astrid, por favor, te lo ruego...
Se puso más seria aún:
- ¿Crees que soy tu madre?
Entonces le dije:
- Me llamó Ingrid. Me dijo dónde estabas. Y me dijo que no podías estar sin mí...
Apreté los labios... No tendría que haberle dicho aquello... Esperé una reacción desproporcionada, yo que se, que saltase, que gritase, que mandase detener el avión... Pero para mi sorpresa, no dijo nada. Solo me miraba con una expresión impenetrable.
- ¿Te dijo eso?
- Me dijo que si yo te necesitaba... Tú también me necesitabas a mí.
- Yo no te necesito, Phonix...
- ¡Lo sé!
- Ni tú me necesitas a mí.
- Eso creo que lo sé yo mejor que tú, ¿no crees?
- No te quiero, Phonix. Ni tú, ni tus canciones me dicen nada. Para mí eres patético. No me haces sentir nada, eres para mí como algo vacío, sin importancia alguna.
Me acomodé en el asiento:
- ¡Ya, claro, vaya noticia! Si no no hubieras hecho lo que hiciste...
Volvió a mirar a las nubes:
- Sin embargo... Creo que por alguna razón... -Se puso en pie, y pasó a sentarse a mi lado-. Gracias por venir a buscarme.
Así era ella. Así era Astrid. Incongruente e inexplicable.
- ¿Por qué no me lo pediste tú misma antes, Astrid?
Se apartó un mechón de cabello de su cara, en un gesto muy coqueto.
- No te necesito para nada. - Respondió.


Aterrizamos y mientras conducía en un coche alquilado con ella a mi lado, recibí un mensaje a mi smartphone. Era de Ingrid, y me ponía solamente: "Gracias". Era solo una palabra, pero me reconfortó, ¡qué diferente era Ingrid de su hermana! No me extrañaba que todo el mundo la prefiriese a ella.
Llegamos al aparcamiento de Motelam, y sin esperarme Astrid caminó a paso rápido a la recepción. Allí nos esperaba ya una de las empleadas, tras el mostrador. Le entregó una llave a Astrid:
- Necesito dos habitaciones. -Dijo su jefa.
- ¿Viene acompañada? Es que... El hotel está completo, nos ha sido difícil hacerle hueco, hemos tenido que cancelar una reserva... En todo caso es una habitación doble.
Astrid se puso seria. Más aún: se la notaba iracunda. La llevé aparte, diciéndole a la chica:
- Está bien, no se preocupe.
Y le expliqué a Astrid:
- No pasa nada, duermo en el coche.
- ¡Si me hubieras dado tiempo habría traído dinero! ¡Eres estúpido!
- Te he dicho que no pasa nada, ¿qué más quieres que te diga?
Se fue hacia el ascensor, y dejé que se alejara. Pero a medio camino se detuvo, diciéndome:
- ¿A qué esperas? ¡Vente!
Cualquiera hubiera preferido dormir entre zarzas que estar con ella compartiendo habitación, pero yo quería su compañía. Me fui a su lado y subimos hasta la habitación. Nada más entrar sonó su smartphone. Era una suite amplia, bien iluminada y realmente lujosa. Astrid descolgó la llamada. No había que ser un lumbreras para averiguar quién la llamaba, en seguida lo noté: Reidun Hermansen, el actor. Lo primero que le dijo ella, mientras yo le servía su zumo favorito, fue:
- ¡No soy tu condenado "cariño", así que no me llames cariño!
Sonreí. Se sentó en un amplio sofá y continuó hablando:
- No sé si puedes entender que no tengo por qué darte explicación alguna de lo que haga o deje de hacer, me fui porque me dio la gana. (...). Estoy con quien me apetezca, Phonix lleva conmigo mucho tiempo, nos conocemos muy bien. (...). Ya te llamaré yo, si me acuerdo, tendré que mirar mi agenda. Adiós Reidun.
Me agradó oír eso de que "nos conocíamos muy bien". Se puso en pie:
- Me voy a duchar, pide algo para cenar, ¿podrás hacerlo?
- ¿Y qué quieres cenar?
Se giró, mirándome, y caminó hacia mí. Musitó, a mi lado:
- ¡Necesitas a tu mami! - Dijo, mientras descolgaba el teléfono del hotel-. Suban dos cenas dentro de hora y media. Sopa de verduras, nada de fritos. Dos tortillas de patata y perritos calientes. Yogur y cuatro envases de zumo de pomelo y sandía, y otros cuatro de zumo de manzana.
El zumo de manzana era el que me gustaba a mí. Agradecí que lo pidiera. Colgó el teléfono, y me miró:
- Lo que te dije en el avión...
- Astrid... No me separes de ti... - Le rogué.
- No volveré a darte esta explicación, Phonix. Lo haré una vez nada más: no te quise dañar. Solo quería ver qué te ocurría porque me gusta saber lo mucho que me necesitas. La mayoría de gente que está a mi lado solo buscan que les haga favores, que cumpla sus deseos, fingen quererme, admirarme, darme desinteresadamente su amistad... Desde que te conocí eres como un niño perdido...
- Espero que no me digas que soy como el niño que nunca tuviste... O como la mascota que nunca te compraron.
Entonces me abrazó, algo inusual en ella. Me quedé asombrado. Nunca había hecho eso, ¡Astrid abrazándome! ¡La mismísima Astrid!
- Eres mi juguete favorito.
Y, dicho esto, volvió a adoptar su serio semblante habitual y caminó hacia el baño. Me dejó allí, impactado. ¡Su juguete! ¡Era su juguete! ¿Qué narices había querido decir con ello? ¿Era bueno o malo? ¡Me estaba volviendo loco aquella mujer!

Mi móvil Electrada sonó. Era Ingrid. Descolgé la llamada de inmediato:
- ¿Dónde estáis?
- En Miami. Acabamos de llegar al hotel. -Dije.
- Gracias por conseguir sacarla de Barbados.
Caminé despacio hacia una de las camas, y me senté:
- Tu hermana me ha dicho que soy su juguete...
Ingrid se echó a reír a carcajadas. Continué:
- ¿Qué ha querido decir con eso?
- Ni idea. Pregúntaselo.
- Sí, ya... Creo que mejor no. Y a dicho que mis canciones son insulsas y vacías...
- Dile que entonces por qué no dejaba de escuchar la canción de "Vivas donde vivas".
- ¿La escuchaba?
- Creo que todo el tiempo.
- Bueno, quizá por eso no despidió a Julián Díaz, el director de contenidos de VAV Radio en España.
- ¿Cuanto tiempo vais a estar ahí? -Quiso saber su hermana.
- Un par de días. Espero. No creo que su agenda le permita mucho más...
- Haz que lo pase bien, Phonix... Lo necesita, y se lo merece.
- Lo intentaré. Pero es difícil estar con tu hermana, creo que solo es feliz cuando estáis juntas.
Se echó a reir:
- Recuérdala que casi se vuelve novia de un actor, eso seguro que le gustará oírlo.
- Sí, claro... Tú quieres que me eche a patadas otra vez...

Al poco de acabar de hablar con Ingrid, un botones llegó con nuestras maletas de Barbados. Me alegré de tener mi equipaje, aunque no pude evitar una irónica sensación por la enorme eficiencia en ese tipo de transportes cuando se trataba de alguien como Astrid. Grité, mientras abría mi maleta:
- ¡Llegó el equipaje, Astrid!
Escuché, desde el baño:
- Pon mi smartphone a recargar, ¿sabrás hacer eso?
Sonreí, y decidí seguirle el juego:
- Creo que sí.

Abrí su maleta y busqué entre el equipaje de mano su cargador. Lo encontré cuando descubrí algo más en su neceser. Mi disco. El disco que yo le había dedicado, justo mi primer trabajo. Con una dedicatoria que terminaba en un corazón dibujado con rotulador rojo. ¡Lo llevaba con ella! Aquello me emocionó. Salió del baño con el pelo húmedo y vestida tan solo con un albornoz. Volví a guardar el CD rápidamente. Se fue hacia su equipaje:
- Necesito un secador...
- Déja tu cabello así, estás muy guapa, y es más saludable que seque al aire...
- ¡Me importa un pepino estar guapa para ti!

Entonces llamaron a la puerta: era Inga, la jefa de seguridad. Nos informó:
- No hay sitio en este hotel, hemos alojado al equipo en el Motelam New Century, pero no deberías irte de esta forma, Astrid, es peligroso...
- Inga, deja a la gente imprescindible, el resto que regresen a Suecia. Me voy hacia allí mañana.
- Pasado mañana. -Corregí. Astrid miró a su experta en seguridad:
- Hay gente, Inga, que no sabe cumplir una orden -refiriéndose, obviamente, a mí-. Sé que tú no eres una de ellos.
- No, claro que no, señorita. - Le dijo la mujer, de pelo rubio muy corto y de duras facciones.
Me acerqué, y me llevé a Astrid aparte conmigo, pidiéndole a Inga que aguardase:
- Mañana nos vamos de compras, tú y yo, solos. - Recordé que le había prometido a Ingrid distraerla.
- ¡No me agrada ir de compras! ¡Y menos contigo!
- Y anunciamos nuevo disco en Radio Ibérica, aquí, en Miami. Tienen un locutor de un programa de música muy bueno, y aquí se venden muchos discos.
- ¿Un nuevo disco? ¿¡Tuyo!? - Preguntó, sorprendida.
- Lo he estado preparando estos meses. Lo anuncias conmigo. Me encantaría.
- ¿Pero quién te ha dicho que ibas a volver a editar en VAV?
- Tus ojos.
Hizo una mueca rara, y musité:
- Astrid, cielo...
- ¡Vale, vale! -Dijo, dando un paso hacia atrás para evitar que pusiera mi mano en su cintura. Miró hacia Inga por encima de mi hombro:
- ¡Inga, nos vamos pasado mañana!
- Sí, señora.
Cuando Inga se fue, hice ademán de abrazar a mi amiga:
- ¡Gracias, Astrid!
Me evitó, regresando al baño:
- ¡De acuerdo, pero no me abraces!


Tras cenar en silencio, Astrid se quedó inmersa en sus negocios, ante el ordenador y hablando sin cesar por teléfono, respondiendo a una llamada tras otra, en la pequeña salita de la suite. Decidí acostarme y ella aún seguía allí, por lo que ignoro a qué hora se durmió.
Por la mañana desperté temprano, y para no molestarla me vestí, y salí. Compré un zumo en una máquina del hotel, y la esperé en el coche. Cuando bajó con sus escoltas ni siquiera me saludó. Me ignoró totalmente.
| Redacción: © Bia Namaran

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