25.12.16

Un paseo por tu antiguo barrio (segunda parte)


Un relato de Bia Namaran.


(continúa de "Un paseo por tu antiguo barrio").

Mientras conducía por la ronda exterior, la tarde se iba oscureciendo y el sol desaparecía tras los edificios, llenando el cielo con tonos ocres y anaranjados. Notaba tras de mí a Astrid, ceñida a mi cintura, y deseé que la gasolina no se acabase. Que la carretera no tuviera final. Que el día no concluyese.
Me detuve en un semáforo, y ella saltó de la moto. La agarré del antebrazo:
- ¡Sube! ¿¡Qué haces!?
- ¡Me largo! -Protestó. Los conductores empezaban a mirarnos.
- ¡Te van a atropellar! ¡Sube, Astrid!
- ¿¡A dónde quieres ir!?
- Vamos a tomar un café y te llevo de vuelta, ¿de acuerdo? Solo eso.
Se lo pensó, pero accedió. Volvió a subirse a la PRIKK K-Motraurban.
Le había dicho que iríamos a tomar un café... Pero no le dije dónde. Me adentré en la parte antigua de la ciudad, entre callejones oscuros, que empezaban a iluminarse por la tenue luz de las farolas. Tomé una salida hacia una plaza, y apagué el motor en el estacionamiento para motos. Astrid puso pie a tierra, entregándome el casco. Le di mi gorro para que se lo pusiera. Se recogió el pelo y se lo ajustó a la cabeza:
- ¡Qué guapa estás! Deberías ponerte un gorro más a menudo.
- Si supieras el cabreo que tengo no me dirigirías la palabra...

La cogí de la mano, que ella rechazó de inmediato, y le pedí:
- Ven, anda.
- ¿Conoces estos sitios? -Me preguntó, mientras miraba con nerviosismo hacia los callejones oscuros.
- Claro.
- No parece muy seguro...
- No te va a pasar nada. ¿Sabes por qué los multimillonarios tienen guardaespaldas?
- Para evitar ser molestados por tipos como tú. -Respondió rápidamente. Me eché a reír:
- ¡No! No temen que les hagan daño. Lo que temen de verdad es que les pidan algo. Por eso llevan escoltas y no quieren que se les acerque nadie a ellos... Príncipes, reyes, reinas, multimillonarios, magnates... Todos son iguales.




Se toqueteó la nariz en un gracioso gesto:
- Sí, tú eres el hombre adecuado para dar lecciones. Seguro.
- Anda, no te enfades. Vamos a tomar algo y regresamos.
- ¿En estos tugurios?
- No en estos. En ese. -Señalé, caminando hacia un local en la planta baja de un edificio antiguo: era el centro de la Fundación Sjoberg para sin techo. Allí podía ir la gente a pedir un bocadillo y, por la tarde, un café. Ya había cola esperando a que abrieran, por lo que me puse el último. Astrid susurró:
- ¿Qué coño haces?
- Conozco este sitio muy bien. Lo visité muchas veces, e incluso fui voluntario en él.
- ¡Me importa un pepino! ¡Salgamos de aquí! -Exclamó, temerosa, mientras dos señores de mediana edad, andrajosos, se pusieron tras ella. Entonces ella se adelantó y se colocó ante mí.
- Me voy a ir...
Le toqué cariñosamente por el antebrazo:
- No te vas a ir a ninguna parte. Cálmate, quiero que lo veas.
- ¿Ver el qué?
- Lo que no ves a diario.

Una chica estaba hablando con varios hombres, pidiéndoles un cigarrillo. Era muy dicharachera y, al ver a Astrid, se acercó a ella. Llevaba una especie de gorra de tonos neón en la cabeza:
- ¡Hola! ¿Eres nueva? Me llamo Inés...

Astrid la miraba, seria.
- No está de muy buen humor, Inés. -Dije yo.
- ¿Es tu hermana?
- Mi novia.
- ¡Una puñeta! -Bramó Astrid.

Me eché a reír, e Inés también se reía a carcajadas. Le dijo hacia Astrid:
- No tengas miedo. Aquel tipo... Ese es un poco violento, salió de la cárcel la semana pasada, pero el resto... Mucho ruido y pocas nueces.

Empezó a describirles uno por uno a casi todos los que había allí, parecía que los conocía a todos. Una señora se acercó con varias bolsas, junto a un hombre, y la saludaron también, pero Inés no se separaba de al lado de Astrid:
- Si necesitas ayuda, me lo dices... Yo sé un lugar donde dormir...
- ¿Dónde? -Pregunté. Inés sonrió:
- No, luego os lo digo si venís. Que sino se corre la voz.
- ¿Una casa abandonada? -Pregunté.
- Algo así... -Dijo, como bailoteando, y le susurró a Astrid-. ¡Pero aún tiene agua!


Inés llevaba el pelo enmarañado, aunque tenía un bonito color rubio natural. Sus zapatillas de marca blanca, en color violeta y llenas de manchas, contrastaban con los lustrosos zapatos de marca de la firma exclusiva Gradis que lucía Astrid.
Cuando abrieron la puerta, Inés gritó:
- ¡Eh, las mujeres primero!
Los hombres comenzaron a increparle:
- ¡Cállate ya!

Entramos, y miré a mi alrededor en busca de algún rostro conocido. Le pregunté a una señora del equipo de voluntariado:
- ¿Ricardo? ¿Está por aquí? ¿Y Jonás? ¿Ya lo han dejado?
- No recuerdo a ninguno de esos... -Dijo la señora, con desdén, pero otra voluntaria a su lado, entrada en carnes, que me había oído, me dijo:
- Ricardo, pero hace tiempo que lo dejó... A Jonás no lo conozco, cuando yo entré aquí no había nadie con ese nombre.
- Ah, vale... - Dije, caminando hacia la sala, en la cual, desde una mesa, Inés ya le hacía señas a Astrid para que se fuese allí. Mi amiga musitó, mirándome:
- ¡Qué pesada es! ¡Vámonos de aquí!
La empujé con delicadeza:
- No te van a comer. No vas a enfermar por relacionarte un poco con la gente.

En lo alto de la entrada se encontraba un gran cartel, en el que podía leerse: "Fundación Sjoberg. Café, bocadillo, y refugio".

Nos sentamos frente a Inés y su acompañante, un mendigo canoso con la cara chupada y que hablaba arrastrando las palabras. Aquello era todo lo contrario a lo que Astrid veía, y vivía, cotidianamente. Seguro que no se esperaba algo así, aunque ella ya estaba acostumbrada a labores humanitarias en sus hospitales en regiones africanas, pero claro, como Astrid, no como alguien completamente anónima.
Mientras servían el café, Inés sacó un frasco de pintauñas casi acabado. Miró hacia Astrid:
- ¿Quieres? Es de color azul... Azul oscuro... Todavía queda...
- No, gracias...
- ¿Te quedaste sin trabajo? - Quiso saber. Astrid no habló, así que Inés continuó-. A mí también me pasó.
- ¿Qué eras, Inés? -Le pregunté.
- Dependienta. De una frutería.


Nos trajeron unas tazas de café hirviendo. Astrid la cogió, pero le dije:
- Está muy caliente, espera...
Me miró, como diciéndome que no me necesitaba ni había pedido mi opinión y, tras darle un sorbo, dijo:
- Está asqueroso...
Entonces, miró hacia la taza del señor que acompañaba a Inés, y le dijo:
- No lo tome, está sucia...

Me sorprendió esa reacción amistosa de Astrid. Pero más me sorprendió cuando se levantó del asiento y se fue hacia la cocina. Inés dijo:
- ¿¡Qué hace!?
- Lo que me temía... - Respondí.

Me fui detrás de ella. Mi amiga entró en la cocina, donde varias voluntarias hacían bocadillos.
- ¿Quién limpia las tazas? -Preguntó.
- Cualquiera... - Dijo la señora obesa. Las otras no respondieron.
- ¿Alguien me puede dejar un teléfono? - Pidió Astrid, con resolución. Pero todas se echaron a reír al unísono, ya no era la poderosa empresaria que todo el mundo respetaba. Allí no era nadie.

Pero en ese momento llegó Inés y le tendió un destartalado Electrada:
- Toma... - Le ofreció, con voz temblorosa.
- Pero iros a la calle a llamar, aquí no se puede. - Protestó una de las voluntarias.

Seguí a Inés y a Astrid a la calle. Astrid marcó un número:
- Viq... Creía que te ocupabas de ésto... (...). El local de atención a sin techo en León da auténtica pena, el café es malo, pasado, y los bocadillos son pan con pan... Por no hablar de la higiene. (...). Vale. (...). Pero lo que me pregunto es por qué tengo que estar yo diciéndote esto, cuando deberías saberlo tú. (...). Pues sí, por eso yo siempre he dicho que deberíamos cerrar esos centros, si no funcionan. (...). Pues hazlos funcionar, que para eso estás.

Me miró, con gesto serio. Me tendió el teléfono, y me dijo:
- Quiere hablar contigo. Y luego llama a Inga y dile dónde estamos, que yo no sé la dirección de éste sitio. -Me pidió, volviendo a entrar al local. Inés se quedó asombrada. Cogí el móvil:
- ¿Sí? Soy Phonix...
- Colega, ¿dónde has llevado a Astrid?
Me eché a reír:
- Al hogar de acogida de sin techo en León...
- Le intento decir que no puedo hacer un seguimiento de todos los centros de la Fundación del mundo entero, no es algo fácil... Y me suelta que quiere cerrarlos...
- Ya...
- ¿Cree que puedo cambiar las cosas de la noche a la mañana?
Intenté tranquilizarle:
- Creo que Astrid no está contenta ni con Astrid, de manera que no esperes que lo esté contigo, Viq.
- Y además, Phonix, ¿desde cuándo se interesa ella por esas cosas?
- ¿Dónde estás?
- En Soria...
- Vente a León y arregla ésto, anda.
- Envié buzones de sugerencias a todos los centros, ¡deberían tener un sistema de recogida de valoraciones y sugerencias de usuarios!
- Aquí no hay nada de eso. -Respondí-. El problema es que Astrid no se complica con éstas cosas, pero ruega para que siga siendo así... Ella no hará nada sin el permiso de Etdrid, así que intenta mantener a Etdrid a tu lado y a tu favor.
- Sí, porque sino será culpa tuya que ella los cierre.

Eso sí me dejó traspuesto. No obstante, no me apetecía seguir esa discusión. No llevaba a ningún sitio:
- Contrata más personal, Viq. -Sugerí.
- ¡Sí, es fácil decirlo!
- Tengo ante mí a una persona que te resultará muy útil. - Dije, mirando hacia Inés. - Llámala a este número en un rato.
- De acuerdo.


Colgué la llamada, y marqué otro número, mientra le decía a Inés:
- No te preocupes, te pagarán estas llamadas...
- ¿Quienes sois? - Preguntó, interesada y expectante.
- Ella es Astrid Sjoberg, Inés...
- ¿¡Astrid!? ¿¡Sjo...!? ¿¡¡Es una Sjoberg!!? - Repitió, boquiabierta y poniendo sus brazos en jarra, sin moverse del asombro que le había producido tal declaración.

La jefa de seguridad del ASSI Group descolgó mi llamada. Dije:
- Inga, soy Phonix, pasa a recoger a Astrid.
- ¡Phonix, si le ocurre algo a Astrid será culpa tuya!
- Estamos bien...
- ¡Eres un cabrón...!

Terminé la comunicación. No quería escucharlo. Le devolví el móvil a su dueña:
- Gracias Inés. En un rato te llamará Viq, es el máximo responsable de la Fundación Sjoberg. Tiene un trabajo para ti.
- ¿¡En serio!?

Entré en el local. Astrid estaba de brazos cruzados, sentada en su sitio, frente al harapiento compañero de Inés, el cual le contaba historias mientras mordisqueaba de mala manera pequeños trozos de pan:
-... Y entonces me dieron una paliza aquí, aquí, y aquí... Pero no me importa, me planté y les dije que de allí no me iba, así eran los municipales de aquel pueblo. Me fui de allí y no pienso volver. Y cuando tenga medios los denunciaré... Pero quién me va a hacer caso. Quién va a hacer caso a un pobre...
Astrid me miró:
- Este señor debería estar en un hospital, no en la calle.

El harapiento señaló a Inés, que llegaba tras de mí, con una mano huesuda y temblorosa:
- ¿Dónde te metiste? ¡No salgas sola a estas horas!
- ¡Tranquilo! Acaba de oscurecer...
- Inés -Le dijo Astrid a la joven-. Tienes que llevarlo a un hospital.
- Siempre está así, señora...
Astrid me miró, seria:
- ¿"Señora"?
- Bueno, le dije quién eras... Qué mas da.

Astrid, como doctora, no podía evitar sentirse conmovida ante el señor harapiento. Miró a su alrededor:
- Deberían tener un dispensario aquí... ¡Vaya mierda, no tienen nada! - Volvió a mirar a Inés -. ¿No tenéis médico en España?
- ¡No vamos al médico! - Bramó el viejito apaleado.


Se oyeron varios motores, y llegaron raudos dos autos. Astrid salió, y la seguí. Salimos en el instante en que aparcaban los dos MM Magnus Veredict de la escolta. El jefe de uno de los equipos de seguridad salió a todo correr, seguido de Inga, e, iracundo, se fue hacia mí para darme un puñetazo. Por fortuna, uno de sus compañeros, guardaespaldas personal de Astrid con el que me llevaba muy bien y que era un gran amigo mío, le detuvo. El jefe bramó, gritándome:
- ¡Si le llega a ocurrir algo! ¡Estúpido! ¡Famoso de mierda!

No dije nada. De hecho me encantaba que se sintieran molestos por no haber podido protegerla. Me hubiera preocupado lo contrario. Astrid estaba absorta con problemas más importantes que las rencillas de sus escoltas. Cogió el bolso y sacó su smartphone:
- ¿Podéis traer una ambulancia, por favor?

Me fui hacia ella:
- ¡Eh, eh! ¡Tranquila! He hablado con Viq, solucionará ésto.
- No se si darte las gracias o culparte. Pero solo espero que no me llames en una buena temporada, Phonix.

Le di un beso en la mejilla, cogí mi casco:
- ¡Pasa buena noche!
- ¡Phonix! -Me gritó, ante las miradas cada vez más numerosas de viandantes y mendigos usuarios del centro de acogida a sin techo-. Me giré. Ella se quitó el gorro, tendiéndomelo.
- ¡Para ti! - Le dije.

Doblé la esquina, me subí a la moto, la arranqué, y me fui de allí. A lo lejos comenzó a oírse la sirena de una ambulancia. Respiré tranquilo sabiendo que Astrid estaba ahora al corriente de todo. Y nadie había más eficiente y resolutiva que ella. Nadie mejor que la poderosa presidenta del Grupo ASSI. Y sí, decidí quedarme la moto, porque ella se había sentado sobre ella. Sería un buen consuelo para cuando la echase de menos.
| Redacción: © Bia Namaran

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