
Durante estos días me encuentro por las mañanas con un conocido que camina sin ningún rumbo por las calles. En su trabajo le han reducido la jornada, y ahora solo trabaja tres horas. Y aún así puede darse por afortunado: otros compañeros se quedaron sin trabajo.
El caso es que, acostumbrado a llegar a su casa a media o última hora de la tarde, ahora llega sobre media mañana. En su casa no hace nada: mirar para las paredes, encerrarse en su habitación, molestar a su esposa en sus tareas diarias y en su rutina... De manera que ha optado por seguir cumpliendo su horario y llegar a unas horas similares a cómo lo hacía cuando estaba trabajando. Y cuando sale del trabajo, se dedica a dar paseos o a matar el tiempo sentado en un parque. Si llueve, se sienta en un andén de una estación a esperar. A esperar a ningún tren.


